En el Clausura 2016, Santiago San Román jugó su último partido como futbolista de Alebrijes de Oaxaca. Ese día quedaron eliminados y la afición lo abucheó, el hijo del dueño del club había errado en algunas decisiones en el mediocampo. Seguro ese es uno de los peores días para el menor de los hermanos San Román.

El siguiente torneo el Profe Cruz le dio la oportunidad de llegar al Atlas para comenzar su carrera en la Primera División. No lo logró, solo jugó con el equipo sub-20 y decidió retirarse del futbol para ingresar al negocio familiar. No era cosa del otro mundo, seguiría en el balompié, pero ahora de pantalón largo, sería directivo.

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Esto está sucediendo en el 2018, pero todo comenzó hace 19 años. Fernando San Román, un hombre apasionado del futbol, fundó el Proyecto Tecamachalco 2000. Compró un par de terrenos en Huixquilucan, Estado de México, adquirió una franquicia de Tercera División y a la par creó una escuela de futbol. Ahí se formaron sus hijos, Javier y Santiago, exfutbolistas y ahora directivos.

Fernando logró ascender la franquicia a Segunda División y se alió con la Universidad Tecnológica de Neza para jugar en su estadio. Tras 10 largos años se consagraron, tenían el ascenso a la Primera A, pero no tenían estadio. En ese momento Javier quiso ayudar en la gestión a su padre, colgó los botines y después de un tiempo encontró un aliado: el Gobierno de Oaxaca.

Javier San Román se convirtió en el presidente del equipo bajo el nombre de Alebrijes de Oaxaca. Con su llegada se gestionó la construcción de un estadio y en su primer torneo llegaron a semifinales. En un año arribaron a la final de la Copa MX; el negocio creció, la inversión funcionó y ahora tenían una franquicia poderosa.

Javier abandonó el proyecto de Oaxaca para seguir con el negocio en Tampico. Mientras Santiago trataba de cumplir su sueño en Primera División. No debutó, se vistió de traje y regreso a Oaxaca para continuar con el negocio. Santi conocía las entrañas del equipo, jugó toda su vida ahí y ahora los tiene en una final.

Le bastó un año como presidente para ser campeón. En ese año le dio la oportunidad a Irving Rubirosa de dirigir en el Ascenso MX. Trajo futbolistas jóvenes. Son campeones, pero el reglamento les puso un alto. Ya no pueden ascender; el negocio ya no es redituable o eso por lo menos en Oaxaca.

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Hoy disputan una final por orgullo y por 120 millones de pesos, juegan por la esperanza porque no hay peor error que no intentarlo. Tapachula y Oaxaca son dos plazas que por ahora —y solo por reglamento— no merecen el futbol de La Liga Bancomer MX.

Justo en dos de las plazas más exitosas de la Liga de Plata, el ascenso pierde sabor. Hoy el ascenso no se gana, se compra.