Des-pegado: Cómo el parche de Kimmich condenó a Alemania

Un parche en la playera de Alemania dictó sentencia, México aprovechó sus fortalezas y firmó una sinfonía en el Mundial de Rusia 2018.
Fotoarte: Nora Ferraro

Todos lo vimos, pero muchos ya lo olvidamos. Y es que un detalle tan pequeñito en un encuentro tan grande puede parecer una estupidez que raye en la esfera de lo ridículo. Son las nimiedades que se observan con microscopio: Joshua Kimmich, lateral derecho de la selección teutona y defensa del Bayern Múnich, jugó todo el primer tiempo del partido contra México con una remera de la que se desprendía el parche de “campeón del mundo”. El parche se aferraba a la playera del lateral alemán pero era complicado verlo ya que apenas podía sostenerse.

Desde el mundial organizado en el 2006 en Alemania, la FIFA instauró que, como premio y reconocimiento al campeón de la justa mundialista, su uniforme portaría un parche dorado que lo acredita como campeón del mundo. Curiosamente, ninguno de los países que ha debutado en el torneo mundialista con el parchecillo ha ganado su partido inaugural. Italia empató con Paraguay en el 2010, España perdió con Holanda en el 2014 y ahora los alemanes no pudieron ganarle a México.

La imagen de Kimmich me parecía digna de comentario al vuelo mientras transcurría el primer tiempo. “Se le está cayendo el parche ¿será una señal?”. Entre sabritones, cervezas y nerviosismo con la tribu con la que veía el partido reímos a carcajadas en coro. Los primeros cuarenta y cinco minutos tenían sabor de partitura y en los compases del campo se dibujó un extraordinario partido de futbol. Alemania tuvo la posesión del balón y llegó con frecuencia al área mexicana, sin embargo el equipo dirigido por Juan Carlos Osorio —el que debe recibir más mérito de esta victoria—jugó con una extraordinaria oncena, conscientes de sus posibilidades físicas y técnicas contra la maquinaria perfecta alemana. México propuso un partido tête à tête a un rival distinto y distante a los muchos que enfrentó durante su preparación para el mundial; los comensales se sentaron en la mesa y se hablaron de frente, independientemente de que uno de ellos fuese el campeón del mundo. El equipo del parche.

Una sólida defensa y una media inteligente, recuperadora y creativa junto con una delantera letal tejieron varias jugadas bien elaboradas y avisaron lo que sucedería pocos minutos antes de que terminara la música del primo tempo.

La Quinta Sinfonía de Beethoven comienza con una advertencia sumamente perceptible: el destino, con cuatro golpes, toca a la puerta. Y es que después de cuatro claras llegadas a la portería del gigante Manuel Neuer, Héctor Herrera trazó una barrida perfecta, para que Héctor Moreno dibujara la recta de un pase al pie de Javier Hernández quien tocó de primera a Guardado y juntos moldearon la pared que dejó al mundo en suspenso. Por alguna extraña razón, la defensa alemana se notó en varios momentos desconcertada—quizá por las ganas de anotar un gol lo antes posible—y en varios contragolpes el mano a mano fue el guión de la película. Cuando Javier Hernández tomó el pase de Guardado, ni Boateng ni Hummels contemplaron que por la pradera derecha, la que defendía Joshua Kimmich, corría desenfrenado un joven mexicano, nacido en la Ciudad de México en 1995, al que atinadamente se le dice el “Chucky”. Un chamaco habilidoso que juega de delantero, marcó su carrera entre las líneas de la defensa menos goleada del Mundial pasado y se dio el lujo de recortar con un quiebre de ballet a Mezut Özil para invitarlo, junto con Jerome Boateng y Toni Kroos, a la primera fila de una improvisada sala de cine y volverse testigos, de primera mano, de cómo le metía un gol al “guante de oro” del mundial de Brasil. El mejor portero del mundo.

La selección mexicana, como suele suceder, cuenta con una serie de apodos atinadísimos para referirse a sus jugadores. Después de que la pelota hiciera sonar la red como un palo de lluvia, el semblante de Hirving Lozano se transformó, con la euforia del momento, en el mejor rostro posible para recordar su mote: “Chucky, Chucky, Chucky, Chucky…” El muñeco diabólico provocó un grito, no sólo de los miles de justos que cantaron el himno mexicano con brío y grandeza en el estadio, o de los 127 millones de mexicanos que lo veíamos lejos de Rusia, sino de todos los enamorados al futbol. Toda esa cofradía de locos que pensamos que se trata de un deporte que va más allá de once contra once; los que celebramos el título de Leicester; el gol del Pelusa con la mano a Inglaterra, como statement político; la patada de Boban al granadero; Didier Drogba deteniendo la guerra en Costa de Marfil uniformado con la remera de su país. Así como la Quinta de Beethoven, hay quienes creemos, como lo mencionó el maestro César Luis Menotti, que en ese acontecimiento que dura noventa minutos, libramos la batalla que no ganamos durante de la semana. Un resquicio de romance en este mundo loco. No olvidemos nunca que el famoso “Chucky” debutó en primera división anotando gol en el Azteca —estadio en el que el Pelé y Diego levantaron la copa— el día que nació su hija. Mojando brocha para escribir su nombre, y apodo, en la pared de la grandeza.

Los problemas de nuestro país no desaparecen con la victoria de ayer. La centena de candidatos asesinados; la persecución a los periodistas—como si en México no se quisiera que se sepa la verdad—; las hordas de acosadores y violadores que aún siguen en la calle; la brecha de desigualdad que continúa incrementándose; la corrupción, el crimen y la mala leche. Más importante que el partido contra Alemania, México está por salir a votar y tomar una decisión trascendental para el futuro. Partido —que no político— de un vuelo mayor que la victoria contra el campeón del mundo en Moscú. Sin embargo, lo que hicieron ayer los jugadores y el cuerpo técnico tiene y tendrá una repercusión infinita para nuestro país. Una alegría maravillosa que nos permitió a muchos celebrar durante varios minutos que, después de escuchar y emocionarnos con nuestro himno a pocos metros de la Plaza Roja, el equipo de futbol levantara los brazos victorioso. Sí, se trata de una cosa muy pequeña si lo comparamos con toda la lista de problemas que siguen ahí, independientemente del triunfo. Pero nadie me puede negar que esa pequeñez, como el parche que se desprende de la remera es como si se abollara la corona del campeón y puede —literalmente— causar un sismo de la alegría.

Por: Santiago Hernández Zarauz

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