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#Futbol

El Cruz Azul y sus 20 años de éxodo al fracaso


La estación del Metro estaba repleta de trozos mal cortados de papel amarillo. No hay mejor uso para la Sección Amarilla, si es que todavía la distribuyen. El confeti improvisado era el rastro que dejaba el convoy americanista que paradójicamente se transporta en la línea dos, la de color azul, para llegar al Estadio Azteca.

Un bombo suena y es acompañado por una voz aguardientosa que vocifera “vamos, vamos América, que está noche tenemos que ganar”. El grito es escueto y la caravana muy desnutrida. Frente a mí un aficionado de Cruz Azul voltea de vez en cuando hacía el intento de barra. Trata de no demostrar miedo pero sus constantes movimientos lo delatan.

A lado de él, un niño de unos 6 años con una playera del América se zampa unos cheetos azules; su madre, que a ratos se pierde en el celular, siente frío y decide que es momento de enfundar al pequeño en una sudadera desgastada. El joven seguidor de las águilas levanta las manos y en el movimiento mancha, del rastro que dejan las frituras en los dedos, al cruzazulino que no se percata porque está volteado “espiando” al enemigo.

El Cruz Azul calificó este torneo, el Apertura 2107, a la Liguilla después de 3 años de no hacerlo. El premio o castigo, como quieran verlo, fue enfrentar al América. Los aficionados cementeros más entusiastas lo vieron como un reto, los pesimistas como un “hasta aquí llegamos”. Lo cierto es que si existía una oportunidad de que La Máquina se quitara de encima la paternidad americanista era esta.

Decidí ir al estadio para mirar a los aficionados como consecuencia de lo que sucedía en la cancha. Los de azul serían el espécimen principal del experimento. No hay muchos en las inmediaciones del estadio, la mayoría ya entró y ocupó un incómodo y aislado lugar. Los cremas caminan sobrados, están seguros del resultado.

“Y ya lo ven, y ya lo ven, somos locales otra vez”, la afición azul se hace sentir en los minutos previos a que el árbitro pite el inicio del partido. Después todo será silencio y atención. La superioridad de quien juega de local presume ridículos beneficios como el de agitar decenas de banderas; los visitantes deben conformarse con globos.

De pronto el “azul, azul, azul, azul” da señales de vida. Pero los engreídos locales, que ven el partido como mero trámite, complementan con un “crema”. El grito muta y se convierte en un híbrido “azul crema, azul crema, azul crema”.

Salen los equipos a calentar y la tensión de la tribuna visitante se empata con los jugadores. “Chuy” Corona le grita al utilero que se distrae un momento. El Estadio Azteca impacta a cualquiera.

Los cementeros ya están sentados esperando el inicio del encuentro. Como un cliché, un señor con una playera que presume el 27 de Carlos Hermosillo se arrellana en una butaca y se lleva la boca a la mano. Inequívoco movimiento que demuestra nervios.

Salen los equipos a la cancha. Luego la ceremonia protocolaria. “Juego limpio, siente tu liga”. Los cruzazulinos siguen igual, congelados en sus asientos. Habría que estar en sus zapatos para poder entenderlos. Hace mucho dejaron de darme lástima. La broma de la falta de títulos ya está gastada.

Es 26 de noviembre de 2017, 11 días los separan de cumplir dos décadas sin un título de Liga. Pero qué es el futbol cuando deja de ser divertido y se convierte en sufrimiento. Para mí, lo de Cruz Azul es azar. Sí, hace mucho que dejaron de jugar a la pelota. Ahora participan en una ruleta rusa, ahí se invierte la probabilidad, de 6 orificios que tiene el tambor de un revolver, siempre hay uno reservado para los celestes: el que tiene la bala.

A los aficionados de Cruz Azul, los de cepa, ya no les calan las burlas. Están ocupados tratando de descifrar que es lo que pasa, que mal aqueja al equipo de sus amores.

El encuentro de vuelta lo dominan los azules. La oportunidad es inmejorable, el América está chato, no tiene ataque. Cruz Azul se está muriendo de nada. Intenta e intenta pero no consigue anotar. Los fotógrafos se distraen en la tribuna, un aficionado americanista y un cementero se besan. El beso de Judas.

Termina el primer tiempo y los Cremas festejan la mediocridad. A 45 minutos de ganar sin marcar. La porra visitante sigue en silencio, ni el descanso los anima. Quieren ganar. Arranca el segundo tiempo y en la porra local aparecen pósteres de Moisés Muñoz y la fecha 26 de mayo de 2013.

El encuentro termina con par de roscas. Hasta cuando el Cruz Azul empata, pierde. A la salida no hay caras tristes. Solo voces que curan las heridas: “Jugamos mejor, teníamos que haber ganado”. Nada se le puede discutir a los que han soportado de todo. Hoy se dibuja una nueva época en la historia de los cementeros. Otra ilusión, que esperemos, se convierta en realidad.

Aquella tarde solo tuvo de azul los cheetos y la línea del Metro. Nada más.

El último campeonato del Cruz Azul fue hace 20 años, el 7 de diciembre de 1997. El siete, siempre el siete, como La Máquina de los setenta. De aquél equipo que derrotó a León en el otrora Camp Nou solo queda en activo el Conejo Pérez. Ya sin pelo.

Parece que la maldición de los de la Noria terminará cuando se retire el último jugador de aquel lejano 1997. Suena a locura, pero el futbol es caprichoso.

De aquel equipo siempre recordaremos a Hermosillo festejando con el rostro ensangrentado. El mártir de la Noria que contagió a los aficionados con la enfermedad de la paciencia.

Asistí al partido, porque creí que la vuelta de los Cuartos de Final sería histórica, encaminaría a los “Chemos” al campeonato y eliminaría la hegemonía americanista. Salí con las manos vacías. Ay Cruz Azul, decepcionas hasta a los que no son tus aficionados.

Hoy, 7 de diciembre de 2017 se jugará una final más de la Liga MX que consagrará a un nuevo campeón que por 4 lustros consecutivos no será el Cruz Azul.

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Otto

@ceroceromx