Vince Carter y el Concurso de Clavadas me acercaron al baloncesto

Para fortuna mía e infortunio de los demás, uno tiene que escribir a partir de donde ha estado parado. Las vivencias alimentan los textos y, a mi parecer, los hacen...

Para fortuna mía e infortunio de los demás, uno tiene que escribir a partir de donde ha estado parado. Las vivencias alimentan los textos y, a mi parecer, los hacen más atractivos. Si de deportes se trata, podemos consultar las noticias en cualquier portal en el que algún redactor que esté detrás del ordenador, apelará a sus clases de periodismo y nos entregará en forma de letras una pirámide invertida. Esa acción es infalible: cuatro párrafos de tres líneas, sin desvariar ni opinar y tus maestros de la carrera estarán orgullosos. Un robot maquilando notas.

Hablaré a título personal y defraudaré a mis “mentores” y entusiastas de la inexistente objetividad. Es posible que a estas alturas del texto haya perdido a varios lectores y con un mohín como bandera hayan salido de esta nota y probablemente los menos seguirán aquí por morbo o porque el texto los atrapó. Sin duda la segunda opción me haría más feliz. Así que, desafiando los cánones del periodismo, después de dos párrafos de explicación que nadie me pidió, entraré en materia.

Concurso de Clavadas de la NBA

En la calles de los barrios más populares de la Ciudad de México el deporte que “rifa y controla” es el futbol. Los debates sobre la notoria superioridad del “pambol” con respecto a otros apuntan a la facilidad con la que este se practica: piedras como portería y una pelota (en ocasiones basta una botella vacía). Por eso ver a otros deportes sobre el asfalto es sinónimo de excentricidad.

Así ocurría en mi calle. A unas casas de la de mis padres vivía el “loco” de la cuadra. Loco porque sobre la acera había colocado una canasta y en el piso dibujado el logo de los Chicago Bulls. Le decían Lecas y su estatura estaba por encima del promedio de los que ahí habitábamos.

Lecas era amigo de la familia y me superaba en edad por unos 20 años. Él —sin querer— nos acercó a un deporte que nos era desconocido. Su canasta se convirtió en uno de nuestros lugares favoritos. Peloteábamos por lo menos tres veces a la semana: 21 y Reloj eran los juegos que nos ocupaban.

Motivado por el aparente entusiasmo que nos había causado la “nueva atracción” de la cuadra, Lecas nos invitó a verlo sobre la duela. A los 10 años todos los adultos te parecen inalcanzables, pero nosotros veíamos a los jugadores como los Monstars de Space Jam y, aunque no retacaban la bola en el aro, sus evoluciones sobre la cancha eran impresionantes.

Salimos con el entusiasmo a tope y, a bordo de una caribe repleta de estampas con motivos de basquetbol (logos de la NBA, Celtics, Bulls y Hornets) nos dirigimos al tianguis de la San Felipe, ahí —según Lecas— podías comprar los mejores tenis para jugar. El calzado era tema aparte, había caros, lujosos y extravagantes y todos tenían como referencia haber estado en los pies de un basquetbolista: “Mira esos son los nuevos Jordan; aquellos los usa Kobe Bryant”.

Nuestro recorrido en uno de los tianguis más grandes de la Ciudad de México y Latinoamérica me trajo como recompensa un short morado brilloso que no me quité en mucho tiempo. Para ser basquetbolista primero había que parecerse a uno.

Días después, Lecas nos habló del Concurso de Clavadas, era febrero de 2000 y más que un deporte aquello parecía una exhibición de poderes. Los superhéroes en turno eran Vince Carter, Steve Francis, Tracy McGrady, Ricky Davis, Jerry Stackhouse y Larry Hughes. Yo, como un neonato del enceste, solo recuerdo a Vince Carter. Y es que el nacido en Florida tenía todo para incrustarse en la mente de quien lo viera. Un uniforme morado con un dinosaurio en el pecho (Toronto Raptors), un nombre y apellido fácil de aprender y, lo más importante, se había quedado colgado del tablero con medio brazo dentro del aro.

Por supuesto que Carter se llevó aquel Slam Dunk y muchos lo recuerdan como la mejor edición de la historia. Para un niño ver a un hombre volar de semejante manera era algo inusual. De inmediato salí a la calle e intenté la clavada de Carter, por supuesto que ni siquiera alcancé a tocar de un salto la madera del tablero.

Hoy se celebrará de nuevo aquel concurso en el que vuelan los hombres que inició en 1984 y que ha tenido como máximos representantes y ganadores a Michael Jordan, Dominique Wilkins, Kobe Bryant, Blake Griffin, Jason Richardson y otro puñado de seres humanos que tienen la capacidad de suspenderse en el aire.

Con los años me di cuenta que no estaba capacitado para jugar baloncesto y así como la lluvia fue acabando poco a poco con el tablero del Lecas, así se fueron disipando mis ganas de volar como Vince. El monopolio deportivo en México me arrastró de vuelta al soccer y los tenis de basquetbolista fueron reemplazados por unos con tachones en la suela.

Sin duda el Concurso de Clavadas es la propaganda perfecta para crear aficionados a la NBA, pero penosamente en México no se le da tanta difusión como debería.

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