La Ciudad de México alberga a tres de los equipos de futbol más populares de la Liga MX. Cruz Azul, Pumas y América dominan el balompié local por su fuerte base de seguidores. De hecho, los partidos que se disputan entre ellos suelen ser pasionales y considerados un Clásico.

Aunque Cruz Azul y Pumas no ocupen las primeras posiciones de los equipos que más campeonatos tienen en sus vitrinas, son considerados grandes por su tradición. Por otro lado, el América, junto con Chivas, lidera la lista de clubes con más dianas en la liga local.

El que América sea una de las oncenas con más campeonatos lo coloca automáticamente como el rival a vencer, sin tomar en cuenta que es una institución a la que amas u odias. No hay medias tintas.

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Entre ambos equipos hay 15 años de diferencia (América se fundó en 1916 y Cruz Azul en 1927) y cinco títulos. Pero en los últimos años, alguien tiene que decirlo, se ha hablado más de los Cementeros que de las Águilas. Parece que algo pasó con el equipo de Coapa que comenzó a perder protagonismo. Porque había una máxima: todos, bien o mal, hablaban de los Cremas. Porque para ser un grande, hay que demostrarlo fuera y dentro de la cancha.

Analicen a muchos de los grandes de los deportistas de cualquier disciplina y la mayoría de ellos tienen en común la arrogancia. Hay que demostrar seguridad antes de entrar a la cancha, al ring, a la piscina o a cualquier otra superficie en la que haya una competición.

Y América, de a poco, fue perdiendo esa chispa que le inflaba el pecho a sus aficionados y acrecentaba el odio de sus rivales. En aquella final del Clausura 2013 entre Cruz Azul y América ambos equipos cambiaron su estructura, algo que hasta al América, que modificó al América y no solo para bien, a pesar de conseguir su onceava estrella.

Aquella final los aficionados celestes se rompieron, propios y extraños no creíamos lo que estaba pasando, no era posible que un equipo perdiera de esa forma un campeonato que, de cierta forma, ya tenía en sus manos. Vi a un aficionado, enfundando en su playera del Chaco, pasar de la alegría al llanto, y a uno de América haciendo lo contrario. Para las Águilas, coronarse así, contra uno de sus principales rivales, significaba todo. Era el momento de hacerle sentir a sus aficionados más jóvenes que le iban al más grande de México, el que se daba el lujo de hacerlos sufrir para luego darles una satisfacción única.

Del otro lado, lo contrario, los mozos de la Máquina no entendían qué pasaba, “¿por qué le voy a Cruz Azul”, se preguntaban en silencio. Finales perdidas y burlas por todos lados. Una época difícil para ser aficionado celeste. Una época en la que las redes sociales destrozaron la privacidad.

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Pasaron cinco años de ese lance de Moisés Muñoz que acabó con las ilusiones cementeras y hoy, en el Estadio Azteca, jugando de locales, surge la posibilidad de exorcizar esos fantasmas. Cuando digo que las estructuras mutaron me refiero a los aficionados, los que representan una de las partes más importantes para considerar que un equipo es grande. A los Azulcremas los enfocó en presumir ese triunfo, a los Cementeros las burlas los hicieron más fuertes y de a poco se fueron deshaciendo de seguidores que no sentían los colores.

Eso fortaleció a los celestes, esperando el momento en el que las burlas se esfumaran, pero claro, primero había que demostrar en la cancha y en este Apertura 2018 está sucediendo. Cruz Azul encontró su casa en el Azteca y con buenos resultados se ha fortalecido. No me quiero aventurar a decir que podrían ser campeones, pero un barco ligero avanza más rápido, ¿no?