A aquellos que nos gusta el futbol -y también a los que no- sabemos que los aficionados a un club no son precisamente las personas más sensatas o razonables, si de defender los colores de su equipo. Es un tribalismo que une a los aficionados, y, que en ocasiones se radicaliza al punto de convertirse en fanatismo. Si a eso le añadimos elementos política, religión y nacionalismo, tenemos un escenario espeluznante de racismo e intolerancia. Y eso es lo que nos refleja el documental Pureza Eterna, que pueden ver en Netflix.

Los equipos más intolerantes del mundo

El equipo israelita, Beitar Jerusalén, de gran tradición en la capital, es algo más que un club de futbol. Se nos da a entender desde los primeros minutos del documental que en muchas ocasiones ha sido utilizado como plataforma proselitista por políticos locales y nacionales, conscientes del impacto que tiene presentarse como un aficionado más al equipo, atrayendo así las simpatías del resto de la afición para así conseguir los votos.

Lo anterior toma relevancia para entender el contexto de lo que sucedió en la temporada caótica del 2012/2013 de este club. La directora, Maya Zinshtein no pudo haber elegido mejor momento para grabar lo que traspiraba en el equipo que representa a la ultra derecha y a la clase poco privilegiada de Jerusalén y de Israel.

El equipo fue adquirido en 2008 por un millonario / oligarca ruso, de nombre Arcadi Gaydamak, quien tenía nulo interés en el futbol, pero si mucho interés en aspirar a ser alcalde de la ciudad de Jerusalén. Consciente del impacto de Beitar en la sociedad, invirtió millones de euros en el equipo, para usarlo como herramienta política para sus intereses. Sin embargo, apenas obtuvo poco más del 3% de los votos. Un fracaso. Así lo admite el propio Gaydamak, con un cinismo que resulta hasta escalofriante.

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Arcadi Gaydamak (Imagen: Getty)

Como resultado, dejo de invertir y tener cualquier interés por el equipo. Lo aficionados, indignados, cantan cuando se llega a aparecer por el estadio: “Arcadi, traidor, un criminal de guerra.” “Todos saben que irás a Francia a la cárcel.” Lo cual es cierto, ya que Gaydamak sería condenado a prisión por su relación con el tráfico de armas y lavado de dinero en Ángola.

Este mismo grupo de fanáticos exacerbados que gritan contra el dueño, son los mismos que apoyan al equipo en las instalaciones de entrenamiento del club cada día. En el inicio de la temporada 2012-2013, cantan para su capitán: “Te amo, creo que te amare siempre y para siempre.” El portero sonríe mientras prosiguen: “Ariel Harush, olé, olé, olé.” Este grupo es conocido como La Familia, un grupo de animación, que en este lado del mundo conocemos como ultras. Están orgullosos de su identidad judía, al punto de llegar al racismo y la intolerancia. En el estadio, sus cánticos se caracterizan por el insulto hacia los árabes y por desplegar banderas del partido Kach (proscrito por sus consignas racistas en 1994).

La primera mitad de la campaña trascurrió con buenos resultados para Beitar. Entonces, en el parón invernal, Gaydamak decidió llevar al club a jugar un amistoso en Chechenia, un país cuya religión predominante es el islam. Parecía que el viaje no tendría mayor trascendencia, pero, entonces llegó el hecho que haría que el balón se reencontrara con el lado más lúgubre de la humanidad.

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La Familia, la porra ultra del Beitar (Imagen: Getty)

Sin tener idea si eran buenos jugadores o no, Gaydamak, en un acto que sólo se puede entender como desafiante, decide contratar a dos jugadores chechenos. Podría ser que fuera su venganza por la derrota.; por haber invertido inútilmente en un club que en fondo le provocaba repulsión. Incluso el propio, Gaydamak, con un descaro estremecedor, confirma que simplemente lo hizo para desenmascarar el verdadero rostro de la sociedad israelí. Su estratagema fue un éxito rotundo, a costa de dos jugadores inocentes que sólo querían jugar futbol.

Para La Familia, no es extraño ver a jugadores extranjeros en el equipo. Sin, embargo, tienen un exaltado orgullo de nunca haber contado con un jugador árabe en sus filas (para ellos, árabe y musulmán es lo mismo), alegando la consigna de la que el documental toma su nombre: Pureza Eterna racial. Así que el hecho de que el dueño del club haya contratado, no a uno, sino dos futbolistas musulmanes, sacudió a La Familia hasta sus fundaciones, causando un terremoto, cuya onda expansiva alcanzaría niveles destructivos para muchos de los involucrados en el traspaso.

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Orgullosos de ser judíos, piden Pureza Eterna en su equipo. Es decir, sin musulmanes ni árabes (Imagen: Getty)

Y es cuando el documental nos muestra, con mucha habilidad, muchas de las contradicciones que entran en juego.Empezando porque, apenas un par de generaciones tras el Holocausto, ahora los descendientes se enorgullezcan de la pureza racial para dejar patente su racismo hacia el otro. Como discriminan, insulta, vilipendian y agreden verbalmente a Dzhabrail Kadiyev -de apenas 19 años-, y a Zaur Sadayev, -de apenas 23-, por considerarlos árabes, aun cuando los chechenos no son árabes en absoluto. Sin entender bien en que se habían metido, ambos se encierran en su cuarto de hotel, tratando de hacer sentido a lo que pasaba a su alrededor.

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Los aficionados al Beitar son racistas e intolerantes (Imagen: Getty)

La oposición escaló a puntos tremendamente álgidos. Los jugadores llegan a tal punto de desmotivación, que toda opción por disputar alguna copa europea o alguna transferencia al extranjero se desvanece. Lo único que quieren es sobrevivir a la temporada. Lo único que quieren es que el infierno se acabe. Pero el sentimiento de odio no termina, no cambia. Lo que está torcido, no se puede enderezar, y por mucho que se intente, no hay diálogo que sirva para revertir una situación que llegó a un punto en el que nadie salió indemne. Un punto en que todos perdieron, aun cuando La Familia haya sentido que triunfó.

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Y es precisamente lo que hace que este documenta sea algo que todos tengamos que ver: como convierte la historia de una temporada de un equipo de futbol en una apología de la parte más monstruosa de la sociedad israelí. De cómo el balón, alguna vez puro, termina por enfrentarse con bestias que no puede entender, ni dominar. De cómo el balón, alguna vez inocente, se enfrenta a demagogos para llegar y manipular a las masas. De cómo el balón, alguna vez un juego de niños, se puede transformar en una ventana para lo espeluznante y más ominoso del ser humano.