El Olímpico Universitario es uno de los estadios más complicados de México

Ser aficionado a un equipo de la Liga MX es cuestión de sacrificio. Peregrinar a la Meca cada fin de semana es una labor titánica. En la Ciudad de México una...

Ser aficionado a un equipo de la Liga MX es cuestión de sacrificio. Peregrinar a la Meca cada fin de semana es una labor titánica. En la Ciudad de México una de las canchas más complicadas es la del Olímpico Universitario. Los Pumas poseen uno de los estadios más bonitos arquitectónicamente, pero la apreciación se paga, literalmente, con la piel: epidermis cocinada bajo el inclemente sol.

Para los aficionados visitantes la incomodidad es la misma. No existen los modales con las visitas. Una cabecera, la sur, rodeada de policías y alejada más de lo normal el empastado. Tiene como vista una pista de atletismo que vive de sus glorias de 1968. Rodea a la cancha pero te aleja de ella. Hace tres décadas que dejó de ser la protagonista.

Lee más: Ailton Da Silva y una eterna rivalidad con las Chivas.

La Jornada 9, de una Liga MX que no tendría que ser gitana en año mundialista y que sin embargo lo es, tuvo en el Pumas vs Chivas el encuentro más esperado. No por lo que sucedía en la tabla, sino por la rivalidad que se ha acrecentado desde aquella final del Clausura 2004 en la que los Pumas, por la vía de los penales le arrebataron a los Rojiblancos el que hubiera sido su campeonato número 11.

Cabecera Norte Estadio Olímpico Universitario.

Si me preguntaran dónde se encuentra la génesis de la rivalidad entre capitalinos y jaliscienses diría que ahí, específicamente en el cuarto penal que fue cobrado por Francisco “Kikín” Fonseca. El oriundo de León acertó el tiro y lo festejó en la cara de Oswaldo Sánchez que parecía predecir lo que se aproximaba. Ahora ambos jugadores comparten silla en un programa deportivo de la televisión mexicana. Acto que los aficionados más recalcitrantes de ambos equipos repudian.

Tibio y pecho frío son los “insultos” que, a bote pronto, me disparan cuando argumento que el resultado solo me importa el día en el que se da y tal vez uno después. Me gusta apostar pero independiente de lo que pase en la cancha lo hago por lo que representa jugar una apuesta, es esa obsesión y adicción por dejar que el azar (en la Liga MX las estadísticas no dicen mucho) decida mi nuevo corte de cabello.

No congenio con quien, en el estadio, busca a la persona con los colores equivocados para desatar su furia o para restregar su alegría. La gente se levanta y las miradas cambian de sitio, ya no están puestas en la cancha, ahora se ocupan de lo que pasa en las grises gradas. Del verde al gris, de la alegría a la violencia. Vasos como proyectiles que despliegan esquirlas en forma de gotas cuyo objetivo es el rival; el despiadado enemigo que se atrevió a visitar “su casa” y pasearse por ella con el outfit equivocado.

En el campo no pasa mucho, la nota la dará una pantalla que pide expulsar al Narco de la UNAM. El viernes pasado, en las inmediaciones de la Facultad de Contaduría y Administración, se desató una balacera que terminó con la vida de dos personajes quienes aparentemente se disputaban el trasiego de drogas dentro de la Universidad.

El pebetero del Estadio Olímpico Universitario.

El sol nunca cedió y el equipo visitante, que vestía de negro, intentaba revivir en un torneo en el que la mayoría del tiempo han estado así, en las penumbras, como su uniforme. Dicen que cuando un enfermo está por morir de la nada se pone bien para horas o días después dejar el mundo terrenal. Mejor explicación no debe haber para el partido de Chivas: empató el encuentro, estuvo a punto de ganarlo, un disparo lo separaba de la gloria pero murió, murió en la raya en medio de una institución azotada por la delincuencia y un estadio que reclama lo suyo dejando pasar ráfagas de fuego.

El show del futbol mexicano está en crisis pero es un negocio redituable y está muy bien aclientado. Algo así como un dealer: crea una necesidad y asegura sus ventas durante mucho tiempo. Eso pasa cada fin de semana, emocionados peregrinamos a un espectáculo carente de emociones pero repleto de mucho sacrificio.

Llámenme tibio, pero viajar a un estadio significa mucho martirio y al final se ve mejor en la televisión.

Publicidad