Durante el Mundial de Corea-Japón 2002, cuando tenía 11 años, me di cuenta del peso que tenía la Selección Mexicana para un país como el nuestro. Aquella madrugada en la que mi familia se reunió para ver a México, entendí que el desvelo que tanto se cuidaba entre semana y en un día “normal”, dejaba de importar cuando se jugaba una Copa del Mundo.

El futbol me llegó así, a través de decepciones. Recuerdo más las derrotas que las alegrías, el tiempo de festejo es menor comparado al tiempo que enfrento cuando mi equipo o la Selección pierde un partido importante. “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, “no era penal”, “si Pineda le hubiera echo más presión, Maxi no hubiera marcado ese golazo”. Lamentación tras lamentación, derrota tras derrota, así se nos indexan las decepciones.

Lee más: Oribe Peralta no tiene cabida en la Selección Nacional.

“Enamorados del fracaso, estamos enamorados del fracaso”, me dijo un buen amigo. Pero cada cuatro años nos ‘formateamos’ y llegamos al Mundial con las ilusiones renovadas. Playeras, álbumes y todo tipo de merchandising verde.

Pasan los años y pasan los técnicos y México no ha encontrado la fórmula para acceder al quinto partido de la máxima competición de futbol. Desfile de técnicos y no pega, ¿dónde está el problema? Mejía Barón no metió a Hugo; ¿por qué Ricardo La Volpe llevó a Guardado?; no entiendo la convocatoria del Bofo Bautista; Miguel Herrera no tiene estrategia.

Pasan los Mundiales pero los errores permanecen, sobre todo los de los técnicos; sobre todos los de los procesos. Con temor a equivocarme, no recuerdo la llegada de un técnico más polémica que la de Juan Carlos Osorio.

El colombiano llegó a la Selección Mexicana en 2015 y las dudas nos acecharon. Acudimos al internet, a buscar su nombre para ver a qué equipos había dirigido: Millonarios, Chicago Fire, New York Red Bulls, Once Caldas, Puebla y Sao Paulo.

No lo conocíamos, nos invadía el miedo a lo extraño. El Parcero logró una de las mejores eliminatorias, solo por debajo del Bigotón. Pero jamás nos convenció. A pocos días del Mundial sigue sin convencernos. Se nos acabaron los argumentos, desgastamos el tema de las rotaciones. Nos venció el extraño.

Juan Carlos Osorio nos dado una cachetada con guante blanco

El día de hoy Osorio declaró a The Sun: “He rechazado la posibilidad de extender mi contrato con la Federación mexicana. Quiero ser honesto con mis jefes. Si yo hago las cosas bien, continuaré. Pero he tenido contactos con otras federaciones y tengo sentimientos por otros lugares”.

Nos golpeó el orgullo, nos dejó callados. Ahora el argumento será: “Nunca quiso a México, se le veía en la cara”.

Osorio nos está regresando la cortesía, va regando declaraciones para no perder el camino, “jugar en CONCACAF es inseguro y hasta peligroso”. Los mexicanos somos una de las aficiones más inconformes, nada nos parece, nunca estamos conformes. Sí, la silla que ocupa el director técnico de la Selección es caliente, muy caliente.

“Si no paso el quinto partido no necesitan echarme, yo me voy”, contagiamos de mediocridad a quienes nos visitan. La obsesión de los Octavos de Final está tomando un protagonismo que tendríamos que sacudirnos. “¿Cuándo se vaya Osorio quién vendrá o a quién pondrías?”, quiero a Bielsa; que regrese el Piojo; me gustaría Almeyda.

Aquella madrugada cuando vi la eliminación de México ante Estados Unidos entendí la importancia del futbol pero también aprendí a encontrar la diversión. Son un tibio, me enfrío rápido. He llorado tras una derrota de la Selección, he criticado los procesos, pero cuando se baja el telón regreso y dejo que los dueños de la pelota hagan su trabajo.

Acabando el Mundial, Osorio se irá y nosotros nos quedaremos con las inconformidades para usarlas y no dejar hacer su trabajo a quien venga (aunque dé resultados). Así es México, un país en el que hasta el dicho “si no te chinga no es familia” es bien aceptado y practicado.