Hoy, hace 17 años, inició la leyenda de Lionel Messi con el Barcelona. Para celebrarlo, los culés colgaron en sus redes sociales un video que conmemora la historia del actual mejor jugador del mundo.

Alégrate, nos tocó vivir el tiempo de la Pulga; el astro argentino recién alcanzó 600 goles como profesional. El domingo pasado, en la Jornada 28, cuando el Barcelona recibió al Atlético de Madrid en el Camp Nou, Lionel marcó una bella anotación que le puso cerrojo a las 600 veces que gritó eufóricamente.

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El fenómeno de Lionel Messi no tiene nada que ver con su espectacularidad, sino con lo que significa que un chico como él haya llegado tan lejos. A los 11 años los médicos detectaron que tenía un déficit de hormona de crecimiento. Messi puso en el mapa esa enfermedad.

El tratamiento de la enfermedad es costoso, según El País, de tres a 12 mil euros anuales. Jorge Messi, sabedor del talento de su hijo, buscó quién podría financiar el tratamiento de su hijo, ya que el club donde la Pulga estaba llamado a debutar, Newell’s Old Boys, no podía costearlo.

El Barcelona pagó el proceso y se quedaron con su talento para nunca dejarlo ir. Dicen los que saben que los jugadores nacidos en Rosario son los más cadenciosos, los más talentosos y pertenecen a una ralea única en el mundo. Hay algo en el agua de Rosario.

Messi es la máxima expresión del futbol, dice Hernán Casciari que “no se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario”.

Messi no juega con la pelota en sus pies; convierte a la de gajos en un globo terráqueo. Además de la hormona de crecimiento, también fue diagnosticado con el Síndrome de Asperger, el de los genios. El que tenía Albert Einstein.

“Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue”, esta descripción que hace Hernán encaja perfectamente con la de alguien que ha probado lo que es ser el dueño del mundo y no quiere dejar de serlo.

La historia entre Messi y el Barcelona no tiene ningún tropiezo, es perfecta. Pero a su otro amor, la albiceleste, le ha quedado mucho a deber. Todo los mundiales, a partir de 2006, son llamados a ser del rosarino, pero ninguno lo ha sido.

Los críticos y analistas de sillón dicen que es porque con Argentina no tiene la complicidad que tiene con los azulgranas. No hay un Iniesta. No hay un Xavi. No hay un Busquets. En cambio hay mucha presión, esa sí que la hay. “Quiere ser el mejor jugador de la historia, ¡qué gane un Mundial!”, el aplauso fácil.

La hazaña reciente de Messi nada tiene que ver con Europa, al contrario. La calificación de Argentina peligraba y apareció Lionel, frotó la lámpara y en Quito, jugando de visitante, anotó tres goles para poner a la ‘albi’ en Rusia. “En el 10 confiamos siempre”, gritaba el narrador bancando al mesías.

A Messi lo han hecho literatura y ha funcionado. Es el personaje perfecto, si Lionel no fuera Lionel sería un best seller. “El enano con Asperger que revolucionó el futbol”, un libro que se llame.