Diego Armando Maradona en el futbol mexicano parecía una locura, sin embargo la locura se concretó el 6 de septiembre cuando se confirmó que el Pelusa dirigiría a los Dorados de Sinaloa, uno los equipos más excéntricos del mundo. Y es que con el antecedente de Pep Guardiola, no sonaba nada descabellada la llegada del argentino.

Ahora, para estar cerca del protagonista del mejor gol (para mí) en la historia de los mundiales, seguía investigar la agenda de los Dorados, “cazar” a Diego y conseguir, por lo menos, una foto con él.

A Maradona lo amas o lo odias. Las críticas son más que las alabanzas. Nos cuesta trabajo aceptar los logros de una persona que no cuidó su vida familiar.

Maradona, el más mundano de los futbolistas

Y ahora muchas cosas se entienden, debe ser uno de los personajes más perseguidos por la prensa en todo el globo terráqueo. Ha tenido que ahuyentar a los periodistas que hacían guardia 24/7 afuera de la clínica en la que el ’10’ se rehabilitaba en Cuba a principios de los dos mil.

“Diego apareció al borde de la piscina y desde allí hizo gala de una espléndida puntería al arrojar, con su Mano de dios, una bomba de agua que se estrelló sobre la cámara de un reportero de la televisión argentina”, escribe Leonardo Tarifeño en su crónica “El último secreto del comandante Diego”, que aparece en el libro Extranjero Siempre (2013).

Con Maradona pesa más su adicción a la cocaína que su talento con la pelota; algunos demeritan la Copa del Mundo que levantó en 1986 porque anotó un gol con la mano. El Diego es el bien y el mal. Es el ying y el yang. Bondad y maldad en una sola persona.

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Maradona en Zacatepec (Imagen: Rodrigo Colmenares).

Al frente de Dorados sus visitas más próximas y cercanas a la Ciudad de México eran Querétaro, el 26 de septiembre para disputar los Octavos de Final de la Copa MX, y el 6 de octubre en Zacatepec para enfrentar a los Cañeros en la Jornada 11 del Ascenso MX. “Zacatepec será”, dijimos.

Con la llegada de Maradona, el ascenso se ha puesto en los ojos del mundo. Una liga que ven pocos mexicanos se comenzó a sintonizar en todo el mundo, principalmente en Argentina. Porque para los argentinos no hay una figura que se le parezca al nacido en Villa Fiorito. Él representa al futbol albiceleste. Es la definición exacta de patear una pelota en el cono sur del continente.

“La Argentina es un país que se rige por ídolos. Y, en este país idólico, no lo ha habido mayor que Maradona”, Boquita (Martín Caparrós, 2004).

Llegar temprano al hotel en el que se hospedarían los Dorados sonaba como un buen plan para conseguir la firma del Pelusa en una playera de Argentina que ya tenía lugar en la sala de mi casa. También metí a mi mochila un par de libros: México 86, así ganamos la Copa (2016), escrito por el propio Pelusa, y Boquita. Los Xeneizes son una parte fundamental en la carrera del Barrilete Cósmico.

Tener en el banquillo a una figura como Diego tiene ventajas y desventajas. El hotel que recibe a los Dorados también alberga a los invitados de una boda en Cuernavaca y eso ayuda para tratar de acercarse al jugador más polémico de la historia.

Los empleados del hotel parecen colapsar con el vaivén de gente. Logramos entrar sin problema. La policía municipal resguarda los pasos de Diego: en Zacatepec no hubo proyectiles, pero sí un desplegado de seguridad digno de un mandatario de cualquier país del mundo.

“Escondan la cámara”, nos advierten unos cazadores de autógrafos. En su colección presumen un jersey firmado por Messi, ahora esperan que el otro histórico argentino se las firme para que la tela se convierta en una replica de La Creación de Miguel Ángel.

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Maradona agradece a afición (Imagen: Rodrigo Colmenares).

Pero también hay unos argentinos que esperan, viven en la Ciudad de México y compraron boletos para estar detrás de la banca y ver a Diego dirigir un encuentro en la extraña liga de Ascenso. Uno de ellos lleva en la mano un boleto de la Bombonera, el del último partido que Diego disputó con Boca Juniors. Todos llevan la playera de Dorados estampada con el número 10.

Estamos en fila india con la mirada fija a la puerta del elevador que se abre y se cierra transportando a todos los jugadores y cuerpo técnico de los culichis. El último en bajar será el técnico. Mientras esperamos, con cordialidad presumimos que tan fans somos del futbolista que se hizo grande con el Napoli.

Cuando sale del elevador hay gritos de sorpresa y los únicos privilegiados son ellos, sus compatriotas. Es como si Dios los hubiera elegido. Regresa entusiasmados y la única mujer del grupo de afortunados que accedió besa el plumón que Maradona tocó para firmarle el jersey.

Muchos dicen que el futbol es una religión y como toda religión tiene que tener un Dios y ese es Diego Armando Maradona.

Ante el rechazo hay que correr y dar la vuelta al hotel para intentar mejorar la suerte. Los policías, encargados de proteger a Maradona, se toman fotos previo a que suba al camión. Nos arremolinamos en la puerta y el astro argentino solo lanza señas de aprobación. Cierra el puño, estira el pulgar y apenas sonríe. No hubo suerte pero queda un chance: la conferencia de prensa.

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Dorados le ganó a Zacatepec y es probable que el Diego salga de buenas. El técnico de El Gran Pez tarda en aparecer frente a las cámaras, pero cuando lo hace los rostros de los que están ahí para cuestionarlo cambian y los flashes son los que hablan.

El efecto Maradona no llegó a Zacatepec

El argentino está custodiado en todo momento, se sienta con esfuerzo y ante el silencio, el sonido que provoca su respiración se amplifica por los micrófonos que le apuntan. Parece que corrió dos kilómetros, pero en realidad apenas caminó unos 15 pasos para llegar a la sala de prensa.

Javier Llausás, gerente de mercadotecnia y comunicación de Dorados, es el encargado de seleccionas a los periodistas que podrán hacerle preguntas al flamante técnico. Hoy Maradona ya no puede hacer futbol, pero sus respuestas son futboleras y pasionales como aquella vez que pidió disculpas ante una Bombonera pletórica.

Nadie se atreve a cuestionar a Diego. Las preguntas son básicas y hay mucho respeto por el argentino. Solo contesta cuatro preguntas y se levanta, agradece y se va rumbo al vestidor donde minutos antes oró con sus jugadores. Nadie cruza la puerta, no se atreven a perseguir al ídolo. Yo tampoco.

Me resigno y espero que algún día me lo vuelva a encontrar. Fracasé, no supe cómo conseguir un autógrafo de Maradona.