En México la pasión desbordada se refugia en los deportes. El futbol nos hace gritar como ninguna otra práctica, cuando juega la Selección todos estamos contentos o tristes según sea el resultado, pero si es nuestro equipo —el del torneo local— el que está en la cancha, los sentimientos se dividen: tristeza o júbilo, ilusión o decepción.

Pero existe un deporte, con menor popularidad, que es algarabía total. Un deporte que representa más el sentimiento de ser mexicano: la lucha libre. Espectáculo de misterios y héroes; ficción y realidad; golpes y acrobacias.

Muere Villano III, leyenda de la lucha libre mexicana

“La extrañeza que provoca nuestro hermetismo ha creado la leyenda del mexicano, ser insondable. Nuestro recelo provoca el ajeno. Si nuestra cortesía atrae, nuestra reserva hiela. Y las inesperadas violencias que nos desgarran, el esplendor convulso o solemne de nuestras fiestas, el culto a la muerte, acaban por desconcertar al extranjero”, escribió Octavio Paz en su ensayo “Los hijo de Malinche” de su Laberinto de la Soledad (1950).

Y es esa extrañeza el primer golpe que uno recibe cuando ve a un luchador. La máscara, una tapa colorida que con una identidad esconde otra. Insondable. El recelo de saber si quien está detrás de esa colorida vestimenta en realidad es rudo arriba del ring y técnico en la rutina. ¿Qué vida llevará debajo del encordado? “De la lucha no se vive, es casi un hobby”, me lo dijo un luchador profesional mientras lanzaba una cobija para cubrir un librero. Cuando no lucha hace mudanzas.

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La primera función de Lucha Libre se realizó en 1933 en la Arena Modelo, el espectáculo fue organizado por Salvador Lutteroth, quien años más tarde ganó la lotería y amplío la que hoy conocemos como Arena México. No es coincidencia que las fechas importantes en el pancracio sean en el noveno mes del año. Como el 21 de septiembre, cuando se fundó la empresa más prolífica de México, y quizá del mundo, dedicada a los costalazos.

Llegar al Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) es el sueño de todos los que se enfundan en una máscara y se pegan en el pecho para demostrar que son fuertes y que arriba de un ring pueden ser invencibles. Pero es un sueño que no da de comer, y si da, da muy poco. Para triunfar en una arena no basta con ser bueno, “hay que tener carisma y conectar con la gente porque si no no te piden”, alguna vez me dijo Pierrothito. Después de esa oración activó la cámara frontal de su celular y comenzó a grabar un promo alentando a la gente a comprar boletos para su próxima aparición en los encordados.

“¿A poco la lucha libre le gusta a los ricos?”, leí en un post de Facebook, de inmediato recordé a un compañero de universidad que alguna vez me invitó a los “martes fresones de luchas”. Lo kitsch se comenzó a popularizar; bares adornados con facias de microbuses y murales de El Santo, Blue Demon y el Cavernario Galindo que llegaban a su clímax cuando las cumbias retumbaban entre los adornos de popotillo y colores pastel.

Es Lucha Libre el deporte que vive del espectáculo y actuación

La lucha libre siempre ha sido célebre en los barrios populares, por eso la Guerrero, Tepito, Bondojito y otras colonias presumen tener a los mejores gladiadores. Y los luchadores tienen claro que el grueso de su público es el populacho, pero no quieren ser “luchadores de feria”. Y para evitar ser de feria hay que luchar en las mejores arenas y codearse con los mejores atletas. Ahí entra la contradicción, cotizarse en un oficio que paga poco.

Y a sabiendas que los gladiadores perciben poco por arriesgarse en los aires, cuando el público considera que fue una gran lucha premia el espectáculo lanzando billetes y monedas al cuadrilátero, mismo que el tercero en la superficie recoge y lo reparte en los vestidores con los protagonistas de las evoluciones que dejaron a la gente gritando “esto es lucha, esto es lucha”.

Por eso México desconcierta al extranjero, por eso las arenas son una parada obligada para el turista. Porque la lucha es parte de la idiosincrasia del mexicano e incluso me atrevería decir que portar una máscara equivale a calarte un sombrero de charro.