El futbol callejero y sus reglas que marcaron nuestra infancia

El futbol callejero fue parte esencial de muchos niños en su infancia.

Si te dices ser amante del futbol, un pambolero de hueso colorado, sin duda más de una vez en tu infancia tuviste la oportunidad de salir a jugar a la calle con tus amigos. Cada día en las tardes, después de la escuela y la tarea, esperabas con ansias ese momento de pedir permiso para salir, encontrarte con tus ‘cuates’, y armar la reta afuera de tu casa. Y si era viernes mejor, porque podías quedarte hasta más tarde.

En el recuerdo están esos días que jugabas con el uniforme de la escuela, te raspabas tratando de sacar la pelota que se metió debajo de un carro o ponías tu suéter (o piedras) para que fuera la portería. Es por eso que hoy (aprovechando el Día del Niño) queremos recordar esas reglas no escritas que todos vivimos, disfrutamos y sufrimos en su momento. Es tiempo de recordar esas normas callejeras que aún sentimos como si aún fueran parte de nuestra vida diaria.

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Antes de iniciar la reta quedaba claro que los dos mejores jugadores no podían estar en el mismo equipo, por lo que ellos terminaban escogiendo y justo aquí llegaba el primer momento de tensión: por nada del mundo querías ser el último nombrado, porque quería decir que eras el más malo de todos y solo te eligieron porque no quedaba de otra. Lo sentimos si alguna vez pasaste por esto.

En el futbol callejero dos posiciones estaban designadas automáticamente, el portero y la defensa. La primera debía ser ocupada sí o sí por el más gordito de todos los del equipo, hasta que había un penal y ponían a otro “mejor”. La segunda estaba designada para los más ‘maletas’, ¿o no? Era ley y se debía cumplir a rajatabla.

Ahora bien, ya fuera antes o durante el partido, quedaban establecidas algunas reglas que casi siempre eran las mismas en todos lados. Los goles solo se valían de la cintura para abajo y no podían ser desde media cancha o de portería a portería. En caso de una anotación dudosa, siempre salía la frase de “¿gol o penal?” y casi por automático se elegía la pena máxima. Y la única forma de que se detuviera el juego era porque venía carro. ¿Cuántas veces no escuchamos el “pidos, ahí viene coche”?

En estos momentos el balompié se encuentra en un proceso de transición para darle paso a la tecnología y con eso ser más justo, anulando anotaciones de jugadores en posición adelantada, pero en la calle nunca fue así. ¿Árbitros? ¿Fueras de lugar? Eso no existía, de hecho ni las faltas. La única manera de que se aceptara un foul era porque había sangre de por medio o porque el jugador lloraba.

 

Las retas callejeras podían terminar de diferentes formas y todos las vivimos alguna vez. Una era que el dueño del balón se enojaba, agarraba su pelota y se iba (los que hacían eso, ¿dónde estaba su honor?). La segunda era cuando todos admitían cansancio. Y la tercera, quizá la más común, era la mejor: no importaba si un equipo iba ganando por 10-0, cuando se ‘cantaba’ el “gol gana”, todo era seriedad y solo el último gol valía. Era de vida o muerte.

Eso sí, había partidos de la calle más importantes que otros, esos donde el refresco estaba en juego. Ahí sí no se podía perder por nada del mundo. Cada uno escogía ser un futbolista reconocido y se establecía el número de anotaciones, con el famosísimo “tanto y buena” e incluso hasta el portero ambulante era permitido. ¿Un Clásico? En estos encuentros se jugaba el verdadero honor. Y si llovía se convertía en el mejor partido de la vida.

Al final del día todo se acababa cuando las mamás nos pedían que nos metiéramos a casa o la luz del sol ya no daba para más. Te despedías, pero ya no podías esperar al otro día, que tus amigos llegaran a tu casa y preguntaran por ti, todo para volver a disfrutar de la cancha hecha de pavimento.