El Estadio Azul significó modernidad, ahora la modernidad lo rebasó

El próximo sábado, cuando en la Jornada 16 del Clausura 2018 el Cruz Azul reciba al Morelia en la cancha del Estadio Azul, culminará una historia que inició en 1946...

El próximo sábado, cuando en la Jornada 16 del Clausura 2018 el Cruz Azul reciba al Morelia en la cancha del Estadio Azul, culminará una historia que inició en 1946 y que, hay que decirlo, tiene muy pocas glorias para sus 72 años de vida.

El Estadio Azul fue idea de un empresario yucateco con ascendencia libanesa, Neguib Simón Jalife. El inmueble solo sería una parte más de todo lo que involucraría el ambicioso proyecto de la Ciudad de los Deportes, un complejo con canchas de tenis, albercas, boliche, hoteles y recintos comerciales, esta última “atracción”, definiría siete décadas después al coloso que hace poco más de 70 años significó modernidad.

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La Ciudad de los Deportes quedó a medias, solo se construyó el entonces Estadio Olímpico y la Plaza de Toros; Jalife se endeudó y tuvo que vender los dos recintos a otro empresario, Moíses Cosío. Hasta hoy, la familia Cosío sigue siendo dueña de ambas edificaciones.

La falta de dinero aclara porque la Ciudad de los Deportes no tiene estacionamiento que, se presume, se construiría donde hoy está un Suburbia. Y la particularidad de estar enclavado en medio de la ciudad y rodeado de edificios de oficinas y departamentos tiene que ver con cómo fue creciendo la población.

Los terrenos en los que hoy se encuentra el Estadio Azul eran parte de la Compañía Ladrillera de la Nochebuena, empresa que rascaba la tierra para obtener arcilla, por eso la cancha del otrora Estadio Olímpico está por debajo del suelo, al igual que el ruedo de la Plaza México y el Parque Hundido.

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El cemento y la modernidad

Desde que el futbol se convirtió en una deporte de masas, los estadios y las gradas han sido parte fundamental de lo que sucede dentro de una cancha; hoy nos resulta imposible observar un partido de futbol que no tenga gente gritando desde las tribunas.

En 1936, el Club Asturias, que formaba parte de la Liga Mayor que tenía en sus filas a clubes como el Necaxa, España, Marte, América y Atlante, inauguró el Parque Asturias (ubicado en la hoy Calzada Chabacano), que tenía como primicia el campo de futbol con gradas de madera que podían albergar a unos 22 mil aficionados sentados y 30 mil (con algunos de pie) en su máxima ocupación. Por aquellos años no se pensaba si quiera, por lo costoso, en construir estadios de cemento, hasta que en 1939, el Asturias recibió al Necaxa.

Los aficionados de ambos equipos se tenían un odio que rebasaba lo deportivo, si se encontraban en la calle se insultaban e incluso podían llegar a los golpes. En aquel torneo de finales de los años treinta, ambos equipos peleaban la primera posición y por ende el campeonato. En la cancha se encontraba uno de los mejores jugadores que ha dado México: Horacio Casarín que jugaba para el Necaxa, el primer campeonísimo de México.

La rivalidad que permeaba las tribunas se traspasó a la cancha y ambos equipos comenzaron a desenfundar las armas y a patear, tanto que luego de una dura entrada sobre su rodilla, Casarín tuvo que salir del campo. En la crónica de aquel partido, escrita por Manuel Seyde y publicada en Excélsior, queda sentada la violencia que se apoderó de un partido de futbol:

Fouls, golpes, ir al hombre, lesionarse y no jugar al futbol. El árbitro no tuvo la energía para reprimir los hachazos. Las verdaderas víctimas de esta feria de fauls han sido Casarín y Ruiz, que fueron golpeados brutalmente para inutilizarlos.

Apasionamiento ciego, gritos destemplados, escandalosos en plena libertad, dos equipos encanallados por el foul, un árbitro titubeante dentro de una indigna carnicería, policía inmóvil, lluvia de cojines, noventa minutos interrumpidos por la salida de lesionados y el incendio total de las tribunas de sol del Parque Asturias.

Luego de aquel altercado, Moisés Cosío, entonces ya dueño del Estadio Olímpico de Ciudad de los Deportes, ofreció su inmueble para que se celebraran los encuentros, pero debido al elevado costo, los equipos se negaron y planearon rehabilitar el Parque Asturias. Empero, en una jugada bastante desleal, Cosío adquirió lo que quedaba de la cancha del Asturias y la cerró para siempre.

Así, después de un incendio se daba pasa a la innovación en el futbol a través del concreto.

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El futuro alcanzó al Estadio Azul

Ante la inminente desaparición del Estadio Azul decidimos ir un día común y corriente a las inmediaciones de la cancha para preguntarle a los vecinos qué opinaban sobre que muy pronto se terminarían los sábados en los que la colonia Ciudad de los Deportes recibía a los aficionados del Cruz Azul para alentar a su equipo.

No había mucho movimiento en la zona, algunos oficinistas o recientemente bautizados como Godínez, revendedores y trabajadores del estadio. El mayor movimiento de la zona lo tenía el Superama, lugar en el que Jalife quería edificar un boliche.

“Ya no hay boletos en taquilla para el sábado jefa”, un revendedor le informa a una señora, y si sus palabras son ciertas tendremos lleno en el Estadio Azul el próximo sábado cuando la Máquina reciba al Morelia. Al parecer nadie se quiere perder la despedida del gigante de concreto que tan pocas alegrías le dio a su afición.

Pero la contraparte son los vecinos, gente que ha radicado toda su vida ahí y que sufre o disfruta cada 15 días el desfile de aficionados vestidos de azul: “Es horrible, yo vivo aquí enfrente, los sábados cuando hay juego es imposible pasar a mi casa en carro; no puedo sacar a pasear a mi perro y al otro día las calles están llenas de basura. Por eso a mí sí me alegra que tiren el estadio, además si construyen una plaza va a aumentar el costo de mi departamento”, me dice una habitante de la zona de unos 35 años que justo sacó a pasear a su perro sin correa para adelantarse a lo que días después será un caos, según ella.

Los días de la parcial representación del sueño de Simón Jalife están contados. No diré que la tristeza es un sentimiento que se siente en el aire, pero al menos el policía encargado de la vigilancia del edificio que en su último piso tiene un palco de lujo para ver los partidos sin pagar sí siente melancolía: “Plazas hay muchas joven, estadios como este ya no, yo le voy al Azul, pero independientemente de eso creo que sí se perderá mucha historia cuando se tire”.

Un señor de unos 70 años sale un edificio de departamentos frente al Estadio, corro para darle alcance y preguntarle su opinión, lleno de desconfianza me hace algunos cuestionamientos antes de responder los míos: “¿De dónde eres? ¿Qué quieres?”, le respondo y mientras caminamos me dice que “todos los políticos son iguales, que el país está de la chingada y que ya le da igual lo que hagan”. “Yo tengo una profesión, soy arquitecto, no soy ningún ignorante pero estoy cansado de los políticos, son una bola de corruptos. Esa es mi respuesta”, aprieta el paso para dejarme claro que no hablará más. No supe si le iba al Cruz Azul.

Es imposible que con las elecciones a la vuelta de la esquina no se involucre la política con el deporte y es verdad, la posible construcción de la plaza, si es que sucede, tendrá detrás las manos de algunos servidores públicos.

“Es una tragedia, cada que juega el Cruz Azul nos vamos y regresamos hasta tarde, cuando ya todo está convertido en una basurero. Lo que más me molesta es que la policía no hace nada, yo desde mi ventana veo como alrededor del partido suceden un par de delitos: reventa y narcotráfico. No estoy seguro que sea droga pero la postura que tienen algunos aficionados es muy sospechosa y se pasan algo de mano a mano. No creo que sea otra cosa”.

El señor, que me pidió omitir su nombre, me invita a sentarme a su lado, en una banca de un pequeño parque detrás del estadio. Dos letras B y J, de esas que ponen en las plazas públicas de los estados para que la gente se tome fotos, nos custodian. Benito Juárez, estamos en una de las delegaciones con más popularidad entre las personas de clase media y clase media alta.

Quien se sienta a un costado de mí divaga mientras sostiene un libro en las manos, es ingeniero civil y ha vivido en la colonia Ciudad de los Deportes toda su vida. “A los jóvenes que habitan aquí no les interesa lo que pase con el estadio, ellos están de paso. Rentan y si no les gusta se van. Contrario a los que hemos estado aquí toda la vida”.

El señor hace una pausa y me pide que vaya al Superama como a las cinco de la tarde para que me de cuenta que hay muchos extranjeros que llegan a habitar la zona y se dedican a la prostitución. Horas después me enteré que en la Colonia Nápoles rescataron a 17 mujeres de otro país que eran víctimas de trata.

Le pido concluir con su opinión sobre el Estadio Azul y me dice que prefiere que se quede el equipo, que al final a los Cementeros nunca les va bien y la temporada se vuelve corta, contrario a lo que podría pasar con la plaza que tendrá gente todos los días del año.

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Me despido del que fue el mejor anfitrión en la colonia que en los próximos meses cambiará por completo. Para bien y para mal; a los comerciantes no les irá tan bien, a los vecinos sí, ahora podrán pasear los sábados a las cinco de la tarde a su perro y no tendrán que huir de su casa para evitar el desastre que causa una afición.

Es miércoles por la tarde y en nada se parece a un sábado, hay poca gente en la calle, todo lo contrario a lo que pasará en unos días cuando los aficionados hagan una especie de marcha fúnebre a un gigante que no les dio mucho pero igual se encariñaron con él.

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