En la historia de México probablemente no haya capítulo más negro que el que se vivió el 2 de octubre de 1968. Intereses políticos, demandas estudiantiles y unos Juegos Olímpicos marcaron el rumbo de la tragedia, que vio sus inicios en julio y “terminó” en la Plaza de las Tres Culturas de la manera más catastrófica, sangrienta, infame, a solo unos cuantos días de que se inaugurará el certamen deportivo más importante que había tenido México en su historia.

En 1963, la Ciudad de México fue elegida como la sede para albergar los XIX Juegos Olímpicos, en una decisión que significó un antes y un después para el país y para el certamen en general. Hasta antes de esta elección, la ahora CDMX intentó hacerse de los JJOO en dos ocasiones anteriores, pero sin éxito, por lo que cuando fue seleccionada no quedaba otro camino más que el demostrar porqué ganó el honor de ser la primera ciudad latinoamericana en realizar el magno evento.

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Tras la designación, las críticas no se hicieron esperar hacia el Comité Olímpico Internacional. Pese al desarrollo constante que había tenido México en los últimos años, este aún era considerado un país en vías de desarrollo y diferentes naciones no lo tomaron de buena forma.

“¿Cómo es posible que le hayan conferido tal responsabilidad a un país semisalvaje?”, mencionó el diario italiano Corriere de la Sera, en quizá uno de los señalamientos más agresivos. Aunado a esto, algunos países vieron en la altitud sobre el nivel del mar que tiene la Ciudad de México otro problema. “Se pondrá en riesgo la vida de los atletas; retírenle a México los JJOO”, señaló el Extra Bladet de Copenhage, un diario danés, por lo que la presión por hacer unos Juegos Olímpicos casi perfectos recayó aún más en el país.

En total, el costo de realización de los Juegos Olímpicos significó un gasto de 175 millones 840 mil dólares para el gobierno, algo que en perspectiva en esos años puede ser considerado como una inversión importante, pero que la presión internacional así lo pedía.

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(Imagen: Getty)

Desde 1963 hasta 1968, la Ciudad de México encontró en su arquitectura la posibilidad de realizar un espectáculo de calidad, al crear nuevas edificaciones y remodelar las que ya tenía. Sin embargo, en el último año y a la par del gran proyecto, se sumaron problemáticas sociales no previstas hasta entonces que empezaron a poner en predicamentos al gobierno.

El dinero invertido, convencer al COI y al resto de los países de que México era capaz de responder a las expectativas y mostrar un país pacífico e idóneo para los JJOO se convirtieron en la principal obsesión del gobierno, que conforme más cerca veía el día de la inauguración también se percataba que las exigencias sociales se hacían más fuertes, principalmente por parte de los estudiantes que luchaban contra la represión que el gobierno había ejercido sobre ellos desde inicios de julio de ese 1968.

El primero de septiembre, en su informe de gobierno, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz mandó un mensaje claro: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados; pero todo tiene su límite y no podemos permitir ya que siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo mundo ha venido sucediendo”, dijo el mandatario, visiblemente pendiente de lo que dijera el mundo, ya con los JJOO encima. Pese a la amenaza evidente, nadie se habría imaginado lo que estaba por pasar un mes y un día después, ese 2 de octubre de 1968 que nadie olvida.

Al siguiente día de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, el 3 de octubre de 1968, algunos medios nacionales como el Sol de México, excusaron la represión con el argumento de que los hechos ocurridos fueron actos terroristas llevados acabo por estudiantes buscando frustrar la justa olímpica, mientras que el presidente Ordaz abanderó a la delegación mexicana, al parecer sin ningún contratiempo. El cinismo en toda su expresión.

Sol de México 1968

Aunque el gobierno buscó que los medios callaran, tanto nacionales como internacionales, para que nada de lo sucedido saliera a la luz y eso afectara el desarrollo de los juegos, lo cierto es que no lo consiguió del todo. Periódicos como The Guardian de Inglaterra o La Nación de Argentina dieron fe de lo sucedido e incluso uno de los periodistas del medio inglés, John Rodda, que cubriría el certamen deportivo, resultó herido en Tlatelolco y narró todo lo sucedido.

Por su parte, Emilio Feréz, de La Nación, describió la matanza de la siguiente manera: “Fui un horrorizado espectador de una masacre. No hay cifras oficiales. Calculo entre 300 y 500 muertos o mucho más”. Por su parte, la reconocida periodista Oriana Fallaci también herida en Tlatelolco, exigió que la delegación italiana se retirara de la justa olímpica, “es lo menos que pueden hacer”, aseguró en su momento la corresponsal de guerra, que había visto lo que nunca antes, según sus propias palabras.

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Por supuesto, la cancelación de los JJOO estuvo en tela de juicio nuevamente, aunque las autoridades salieron a apaciguar todas las críticas alrededor del tema y cancelaron esa posibilidad, argumentando que “ninguna escena de violencia ha estado en contra de los Juegos”, aunque esa fue la principal justificación de algunos medios nacionales y el temor del gobierno. Así lo había expresado con anterioridad.

Así, 10 días después de los terribles sucesos, el 12 de octubre de 1968 dieron inicio los Juegos Olímpicos, todavía confundidos entre el olor a muerte y consternación, con policías con la orden de “pulverizar cualquier intento de rebeldes estudiantes de boicotear la ceremonia”, globos multicolores y palomas blancas tratando de mostrar una paz inexistente.

Juegos Olímpicos 1968