Álvaro Vizcaíno: el surfista que desafió a la muerte al caer de un acantilado

Su impresionante historia de supervivencia llegó al cine.
Álvaro Vizcaíno y cómo desafió a la muerte | Foto: El Español

La mente es sumamente poderosa: podemos estar al borde del abismo, tener todas las posibilidades en contra, pero si la sabemos manejar, todo el dolor físico y emocional puede minimizarse, dándonos una “segunda oportunidad” en varios aspectos de la vida.

En esta ocasión hablaremos de Álvaro Vizcaíno, el surfista que en septiembre de 2014, cuando cambió de ruta por querer ir caminando para disfrutar el paisaje, le cambiaría la vida al originario de Madrid. En aquella ocasión desafió a la muerte al caer de un acantilado, agonizó y sobrevivió para contarlo a todos, habiendo hasta una película sobre su historia.

Álvaro Vizcaíno lleva surfeando más de 20 años | Foto: Infobae

De Madrid a Islas Canarias

Álvaro Vizcaíno nació en Madrid, España, ciudad en la que pasó gran parte de su vida, donde se enfocaba principalmente en la carrera en psicología que desempeñaba; sin embargo, su trabajo en el área de turismo lo llevó hasta las Islas Canarias.

Estando en aquel lugar pudo conocer Fuerteventura, la segunda isla más grande del archipiélago y destino elegido para vacacionar por miles de personas por sus hermosos paisajes volcánicos de playas y acantilados. Además, es un lugar ideal para practicar surf, por todas las olas que desembocan ahí.

Tanto fue el vínculo que desarrolló por este lugar que Vizcaíno decidió mudarse a aquel lugar, poder vivir más cerca del mar y de las olas, siendo lo que más le hacía feliz en la vida. Tiempo después, ese amor por este lugar por poco le hace perder la vida de una manera dramática.

El incidente de la tragedia

Una mañana de Septiembre, siendo algún domingo de 2014, Álvaro volvía de visitar a una de sus amigas. Ella vivía  en un extremo de la isla y en medio del trayecto se acordó de la existencia de un viejo camino que cruza la roca, pudiendo ser atravesado a pie. El lugar atraviesa una serie de acantilados, pero termina en una reserva natural ideal para el surf. Al ser temprano y no tener planes, estacionó el coche, tomó su tabla, su mochila y se lanzó a la aventura, pero sin avisar a nadie dónde iba.

“Cuando estaba buscando el acceso para bajar a la playa me equivoqué y en vez de rodear la última duna por detrás, fui por delante, me quedé mirando una formación de arena gigante y pasé por donde no debía. Fue como una película de Indiana Jones, se me fueron los pies, comencé a resbalar por esa cuesta e intentaba agarrarme a la arena, pero era como si fuese hielo, era imposible sujetarme. Era una avalancha. Resbalaba y conseguí frenarme en el último momento en el borde del acantilado, pero ya colgando”, recordó con Infobae sobre el momento en el ocurrió la denominada tragedia.

Álvaro quedó con las piernas en el aire, sujetado solamente por la fuerza de sus manos, y debajo de él había una caída de 15 metros que terminaba en unas rocas donde había olas que rompían ferozmente. Desgraciadamente para su causa, no había nadie a su alrededor. Estaba completamente solo.

“Lo primero en ese momento es la negación: ‘Esto no está pasando’. Lo siguiente fue enfado: ‘Eres idiota, qué haces aquí’. Y lo tercero fue el pánico. Los músculos se me hicieron mantequilla, y yo pensaba que me iba a caer, porque las manos no me iban a sujetar”. Mientras su cuerpo hacía lo imposible para aguantar allí colgado, su mente empezó a trabajar: “Tuve que tomar una decisión porque me iba a caer igual. Dije: ‘Si intento subir, me voy a caer seguro, y si aguanto aquí, no va pasar nada, entonces, si me tiro, tengo una oportunidad’. Una oportunidad de elegir la caída”.

Lo interesante de esto es que él supo el momento de cuándo y cómo caer para no causarse tanto daño, dejándose caer de lado y cubriéndose la cabeza. Él sabía que el oleaje sucede en series, así que esperó a que desembocaran para amortiguar el golpe y no caer tanto en las piedras. Entonces, suspiró y se soltó, donde continuaría su calvario.

“Me tiré y no recuerdo mucho de la caída. Sí recuerdo un impacto, caos a mi alrededor, y en ese caos, me di cuenta de que estaba vivo, porque la verdad es que no las tenía todas conmigo. Yo me dije: ‘Álvaro, si tu cabeza, espalda o columna tocan con una piedra, estás jodido’. Y paradójicamente ese caos de dar vueltas en el agua fue como una alegría: ‘Wow, estoy vivo’”.

Su plan funcionó, pero no a la perfección. A pesar de seguir vivo y con la movilidad de no pegarse en la columna, tuvo una fractura de pelvis, algo que desconoció al momento, pero sabía que algo andaba mal.

Primero, me desmayé, y cuando me desperté, me di cuenta de que algo pasaba. Ese crujido que había sentido dentro de mi cuerpo estaba localizado en mi cadera, y cuando intentaba moverme, lo volvía a oír, y me desmayé un par de veces. Porque, claro, necesitaba subirme a la roca y tener un poco de perspectiva de la situación, pero movía las piernas, los dedos de los pies, y entendí que no estaba paralizado, así que tenía que ser la cadera. La mano también estaba abierta, una herida muy profunda”.

Con las fracturas que tenía en la cadera, intentó nadar, pero el resultado era más que obvio: no iba a poder hacerlo. Resignado, Álvaro estaba dispuesto a morir a pesar de haber luchado ferozmente; sin embargo, la vida le daba señales de que siguiera vivo para poder seguir luchando.

“Llegó un momento en el que me di cuenta de que me iba a ahogar, cuanto mas luchaba más probabilidades de ahogarme tenía. Entonces, en un momento extraño, acepté que me iba a ahogar, simplemente dije: ‘Bueno, sabes cómo se muere la gente, luchando. Y eso es lo que te va a pasar’. De alguna manera, me relajé y pensé que ya que me iba a ahogar y era mi último momento, quería tomarme un segundo para mí. Para no morirme con esa angustia. Simplemente di gracias por mi vida, dije: ‘Entiendo lo que va a pasar ahora, y estoy preparado’”.

Pero, como si fuera parte de un acto de magia -el cual todavía no entiende-, Vizcaíno encontró todas las energías necesarias para seguir adelante, pudiendo nadar los metros que necesitaba para estar en la arena.

“No se qué pasó a continuación, pero simplemente me sentí flotar, volvía a ver, mi cuerpo estaba relajado y estaba en la superficie flotando. Simplemente saqué la cabeza del agua y entendía que tenía otra oportunidad, lo cual fue una sorpresa. Fue como de dormirse a despertarse, y mi cuerpo estaba recargado de energía, entonces entendí que ahora sí lo iba a conseguir, y me hice los 300 metros que faltaban sin problemas prácticamente”.

Afortunadamente, pudo llegar y acostarse en la arena. Desgraciadamente, la mochila y libro que tenía los dejó atrás para poder nadar. Él estuvo 48 horas en aquella playa, en los cuales moría de hambre, estaba completamente adolorido y tenía mucha sed, pero, unas olas le trajeron una botella de agua dulce, siendo vital en esta historia.

Sabiendo que no podía permanecer toda la vida en aquella playa, la segunda noche decidió moverse de ahí. Su plan era rodear y nadar hasta la próxima playa turística, pero en algún punto de ese plan, encontró otro punto: un barco, que a la postre, fue su salvación. Así que tomó una tablita y una red que encontró para hacer un tipo de remo, yendo a nadar hacia ese lado.

Para agregarle más a la buena fortuna que tuvo Álvaro para su rescate, los del barco no habían prendido el motor, pudiendo escuchar sus silbidos y gritos para poder ser rescatado. Los policías que se encontraban en el barco se sorprendieron al escuchar esa historia, de la cual tuvo otro giro:

“En cuanto me subieron a bordo entré en hipotermia, me di cuenta de que en cuanto me sentí salvado me puse blanco, a temblar y me dolía todo. Ellos me abrigaron, eso que hacía mucho calor, pero el cuerpo se sintió a salvo y entonces cedió”.

Su recuperación física de todo lo que vivió le llevó medio año, pero a los tres meses ya se encontraba encima de una tabla de surf, pero no parado. Su cadera se curó y las heridas de su mano se cerraron. Además, ha estado en terapia psicológica desde entonces para entender el fenómeno por el que pasó, siendo posible que él, a sus 44 años, pueda expresar todo lo que vivió aquel domingo de septiembre.

Por si fuera poco, su historia llegó a todos gracias a la película “Solo (2018)”, dirigida por Hugo Stuven Casasnovas y protagonizada por Alain Hernández. Aquél día cambió su vida radicalmente, pero por obra de la mente, Álvaro Vizcaíno pudo contarla a todos nosotros.

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