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#Futbol

Cuauhtémoc Blanco, carta a un querido enemigo


Jamás sentí odio por Cuauhtémoc Blanco, en los barrios populares de la ciudad era inspiración para quienes poníamos piedras como porterías.

Cuauhtémoc Blanco es el futbolista mexicano más mediático de la historia. La figura del “Cuau” es la magnífica representación del enemigo perfecto: el mejor dentro del campo y el más polémico fuera de él.

El siguiente texto es una carta al villano que llenó de angustia algunos domingos de mi infancia pero que, cuando se enfundaba en la playera de la Selección Mexicana, me inflamaba el pecho.

No me enorgullece haber crecido en un barrio, pero tampoco me avergüenza. No sé si era por la cercanía con Tepito —vivía a escasos 5 minutos del Barrio Bravo— pero en las calles de mi colonia pululaban playeras amarillas y verdes con el número 10 en el dorsal.

Blanco nació en Azcapotzalco, en la colonia Tlalilco, después se mudó a Tepito donde jugó para el Impala, un equipo amateur. El jugador más popular de México tenía que tener relación con el barrio más célebre. A Tepito lo conocen hasta quienes no lo han visitado; a Cuau hasta quienes no les gusta del futbol.

Mi destino estaba escrito. Crecí entre americanistas, mi padre, mi abuelo paterno y mis tíos. No había opción, yo tenía que ser azulcrema. Pero un buen día, mi abuelo materno, como Moisés, me abrió el panorama. Sentado en su reposet, que nadie podía ocupar en su presencia, veía a las Chivas, un equipo de puros mexicanos que jugaba con un uniforme a rayas rojas y blancas.

La otredad, el bueno y el malo. Ambos populares. Me desprendí de la herencia deportiva y contra todo pronóstico me incliné al equipo de Guadalajara. Nunca había pisado Jalisco, pero mi abuela, la madre de mi madre, nació en Lagos de Moreno. Mi sangre tenía uno de sus orígenes en los Altos. Justificación lista.

Ya con la decisión tomada, que no es cosa menor porque te marcará toda la vida, me enfrenté a las retas callejeras, en las que era obligación ser un jugador de tu equipo. Hubiera querido escoger a Cuauhtémoc, pero alguien ya lo había echo y mi playera a rayas, que rara vez lavaba, me exigía elegir a otro futbolista. Me decanté por el “Gusano” Nápoles.

Mi decisión hizo a mi padre más americanista, no sé si por quererme “enderezar” el camino o porque había entendido que yo había iniciado una rivalidad. El enemigo estaba en casa.

Un buen día llegó con un bobble head del “Divo de Tepito” y lo puso en su buró. Me mataban las ansias por sacarlo de su empaque y verlo mover la cabeza. No lo hice, su playera azulcrema era un repelente.

Jamás quise irle al América, pero Cuauhtémoc Blanco, contrario a la naturaleza de un aficionado a las  Chivas, me causaba admiración y un alto grado de empatía. Vestido de verde me parecía el futbolista más mexicano, hecho para jugar en el Guadalajara. A los 7 años me resultaba difícil entender que el mejor no estuviera en mi equipo.

No sabía de identidades, no me daba cuenta que había jugadores que nacían para un equipo y que su naturaleza no les permitiría vestir la playera del odiado rival. ¡Qué injusto era el futbol!

Del Mundial de Francia 1998 solo me quedan recuerdos. Estaba en casa de mis abuelos paternos y México jugaba frente a Bélgica. Mi niñez, supongo, no me permitía guardar tantas anécdotas y si hoy me preguntan sobre ese Mundial solo tengo grabado un momento, el gol de Cuau frente a Bélgica. Por fin podía gritar una anotación de un ídolo al que, en mi condición de rojiblanco, estaba mal admirar.

Jamás sentí odio por Cuauhtémoc Blanco, en los barrios populares de la ciudad era inspiración para quienes poníamos piedras como porterías y nos arrastrábamos debajo de un carro para sacar la pelota. Cuando se enfrentaban Chivas vs. América no quería que Blanco brillará, pero con el silbatazo final volvía el respeto que sentía por el mejor jugador mexicano que vi dentro de una cancha.

Cuando viajó a España y vistió la playera del Valladolid hallé alivio. El ídolo estaba en terreno neutral y nadie vería a mal festejar sus anotaciones. Toda una nación, sin importar colores, gritaríamos del otro lado del mundo el gol de Blanco. Como aquel que le marcó al Real Madrid de tiro libre.

Sus polémicas me parecían normales, nunca les di importancia. Eran respuestas ante provocaciones, supongo. Lo recuerdo y lo recordaré por sus jugadas y por reinventar el futbol mexicano.

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Otto Zuloaga

Veterinario frustrado; periodista por diversión y entusiasta del futbol argentino. @otto_zuloaga