Carlos Henrique Raposo, el futbolista que nunca jugó futbol

Carlos Henrique Raposo, Kaiser, es el más grande de los tramposos, sus engaños lo llevaron a ser contratado por clubes profesionales sin jugar futbol.

En el deporte hay momentos que solo pueden definirse por una viveza. Para muchos solo se trata de trampas. A mí me gusta creer que es un recurso que te puede hacer ganar partidos e incluso la vida.

Así sucedió con Carlos Henrique Raposo, un futbolista brasileño que con engaños consiguió contratos con distintos clubes de distintos países por 20 años consecutivos. El Kaiser, conocido así por su parecido con Franz Beckenbauer, no jugaba futbol, sin embargo vivió del futbol. Y no, no se trata de un promotor sino de un personaje que estafó a los clubes: “No me arrepiento de nada. Los clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas: alguno tenía que vengarse por todos ellos”, declaró alguna vez Raposo.

De cómo llegó el Kaiser a fichar por el Botafogo, Flamengo, Puebla, El Paso Patriots, Bangu, Ajaccio, Fluminense, Vasco Da Gama y América de Cali, sencillo, se hizo amigo de algunos jugadores famosos de los ochenta para que ellos abogaran por él y así lograr su fichaje.

“Si nos concentrábamos en un hotel, yo llegaba dos o tres días antes, llevaba diez mujeres y alquilaba apartamentos debajo del piso donde el equipo se hospedaría. De noche nadie huía de la concentración: lo único que teníamos que hacer era bajar las escaleras.”

Un jugador con la destreza de Carlos Henrique tenía un plan para todo. Sí, todo. Llegaba a los entrenamientos con un teléfono celular de juguete  y fingía negociar su futuro a través de llamadas en inglés a ninguna parte. Los que lo escuchaban creían que el Kaiser era importante, porque para ser hay que perecer. ¿No?

Registro del Ajaccio.

Su popularidad en la vida nocturna crecía y su récord en las canchas se mantenía en cero minutos cero goles. Entrar al campo de juego: para muchos emoción, para él terror. Tenía que suceder y así fue. Cuando jugaba para el Bangu fue requerido por el entrenador que antes había recibido la llamada del dueño del equipo, Castor de Andrade, para que hiciera debutar al brasileño del que tanto había escuchado. El Kaiser iba a entrar al campo de juego.

Imagino que en los segundos que pasan entre quitarse la casaca de suplente y pararse frente a la línea de banda el cerebro de Carlos Henrique trabajó rápidamente y encontró una solución: pelearse con un aficionado para ser expulsado antes de pisar la cancha.

Cuando Castor, conocido por su temperamento y afición a las apuestas ilegales, bajó a los vestidores para recriminarle al jugador por su actitud, se encontró con unos ojos llenos de lágrimas que se justificaron y explicaron lo que había pasado: “Antes de que digas nada, Dios me dio un padre y me lo quitó, y luego me dio otro. Así que nunca voy a permitir que digan que mi padre es un ladrón”. ¡Kaching! Aquella frase le otorgó otros seis meses de contrato.

Son muchas las anécdotas que circulan alrededor de Carlos Henrique, como la ocasión en la que en lugar de hacer jueguito con la pelota, en su presentación con el Ajaccio, decidió patear a la tribuna cada uno de los balones que se aparecían a su paso. Así podría ocultar su nulo talento y se ganaría a los aficionados.

Con el mismo Ajaccio tuvo que alinear 20 minutos, esta vez no lo salvó ninguna jugada antes de ingresar al campo, pero en el primer sprint se “lastimó” la pierna y el resto del juego lo enfrentó “cojeando”. Aquella hazaña, por supuesto, encantó al público.

A los 39 años, Carlos decidió terminar con su tramposa carrera. Es un hecho que la falta de tecnología facilitó su modus vivendi, situación que difícilmente podría repetirse. Resultaba inevitable que el más grande de los tramposos en el balompié tuviera su propio documental: Kaiser (Louis Myles, 2018).

La capacidad para engañar necesita de mucho más astucia que la que se emplea para patear una pelota. Hay que aceptarlo, Carlos Henrique Raposo, tiene su encanto.

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