Una de las culturas más poderosas de Sudamérica es la argentina. Los gauchos son los culpables de dos de los rostros que más se han impreso en playeras, tazas, sudaderas, mochilas y toda clase de objetos en los que se pueda aplicar un poco de tinta. El Che Guevara y Diego Armando Maradona se viralizaron en tiempos en los que la palabra viral solo tenía que ver con enfermedades.

Pero no solo el futbol es punta de lanza en Argentina; también en la literatura llevan mano. Julio Cortázar, Osvaldo Lamborghini, Ricardo PigliaAlberto Laiseca, Roberto Arlt, Alejandra Pizarnik, Marta Lynch y un largo etcétera de creadores literarios encabezados por Jorge Luis Borges, el 10 de las letras pamperas.

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Borges odiaba el futbol, no soportaba que la humanidad perdiera el tiempo en esa práctica estúpida. Y, por supuesto, fue el principal detractor de que Argentina albergara su primer Copa del Mundo en 1978. Amenazó con dejar el país en cuanto se diera el silbatazo inicial. No lo hizo, pero sí dictó una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día a la misma hora del partido de fase de grupos entre la Albiceleste y Francia. Mientras Daniel Alberto Passarella y Leopoldo Jacinto Luque hacían gritar de alegría a una nación; Borges divagaba en un auditorio sobre la posibilidad de nunca abandonar este mundo.

Paradójicamente ese Mundial inmortalizó a tipos como César Luis Menotti, gran estudioso del oficio que tiene como materia prima patear una pelota.

Boca Juniors y Borges

El odio al futbol, por parte del escritor más importante de América Latina no lo eximió de ser tomado como referencia para hablar de este. El empalme me ocurrió mientras realizaba una de las acciones más recurrentes de los recientes años (zapping) en una de las catedrales del ocio más visitadas (Netflix).

Boca Juniors 3D (Rodrigo H. Vila, 2015) es un documental sobre el equipo más popular de Argentina; ahí jugadores, directivos e hinchas narran la historia del club teniendo como hilo la memoria de un viejo loco que vive encerrado en un convento y cuya única cualidad es recordar con exactitud todos los goles, jugadas, torneos y campeonatos de los Xeneizes. Su nombre: Funes.

“Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Irineo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles”.

A esta descripción de ‘Funes el memorioso’, un cuento escrito por Borges que apareció en Ficciones (1944), le faltó agregar: “Aficionado recalcitrante de Boca”. Aventurados los realizadores del documental que decidieron jugar con la memoria del odiador número uno del balompié.

Dice Martín Caparrós, escritor argentino amante de Boca y del futbol, en Boquita (2005) que en 1943 “Muchos viernes, aquel equipo [Boca] se concentraba -la idea era muy reciente- en el hotel Las Delicias de Adrogué. Allí iba, de tanto en tanto, un escritor que situó en ese hotel uno de sus cuentos más renombrados: ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Es muy probable que el escritor, ya cuarentón, y los jóvenes jugadores se miraran con cierto recelo mutuo o, mejor, sin ningún interés. En esos días el futbol estaba muy alejado de eso que todavía se llamaba ‘cultura'”.

Tan cerca y a la vez tan lejos. Si Borges hubiera tenido un gramo de afición por el futbol estoy seguro que no hubiera sido hincha de Boca. Nunca de un equipo que representaba al populacho de aquella empobrecida sociedad argentina.

Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986, 15 días antes de que Argentina ganara su segunda Copa del Mundo. El más grande escritor argentino se opuso a la pasión más grande de su país, el futbol.