“Si escuchas un disparo corre, ya conoces el sonido”, le dijo Tommie Jet Smith a John Carlos mientras sacaba un par de guantes negros de su maleta. Era 16 de octubre de 1968 y estaba por suceder una de las fotos más icónicas en la historia del deporte.

Solo hubo un disparo dentro del Estadio Olímpico Universitario, en la Ciudad de México. El de la cámara de Derek Cattani. Y probablemente aquel tiro tuvo más repercusión que si hubiera salido de una arma de fuego.

Un partido de tochito encendió la mecha del movimiento estudiantil de 1968

La imagen todos la conocemos: dos estadounidenses (Tommie Smith y John Carlos) y un australiano (Peter Norman) escuchan el himno nacional de los Estados Unidos de América durante la premiación de la final de los 200 metros planos en los Juegos Olímpicos de México 1968.

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Momento de la premiación (Imagen: cortesía)

La particularidad es que dos de ellos —los que visten pants azul— tienen el puño, que está cubierto con un guante negro, levantado en el aire y la cabeza gacha. El que levanta el puño derecho, Smith, tiene una medalla de oro colgada en el cuello; su compañero, Carlos, presume una de bronce. En ese momento no importa el color del metal, sino la lucha que emprenden los de piel negra.

La explicación de por qué uno de los atletas levantó la mano izquierda y el otro la derecha es sencilla y no tiene mayor significado: a Carlos se le olvidó en el hotel su par de guantes. Ambos habían pactado, si ganaban, subir al podio ataviados con los hoy representativos accesorios.

Entusiasmado con la causa de sus compañeros, Norman, el australiano, decidió sumarse y se colocó en el pecho el parche del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos (OPHR).

Carlos y Smith se conocieron en la Universidad Estatal de San José, California, un año antes de silenciar el Estadio Olímpico. Ahí Tommie llevaba una vida bastante conservadora: pertenecía al Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva (ROTC), recién se había casado y los Cincinnati Bengals le habían ofrecido jugar para ellos en la National Football League (NFL).

Rechazó la oferta y se unió al OPHR, movimiento creado por Harry Edwards, profesor de sociología y amigo de Martin Luther King. La idea de Harry era boicotear los Juegos Olímpicos de 1968 para enseñarle al mundo la desigualdad que se estaba viviendo.

Ayudado por figuras de la talla del basquetbolista Kareem Abdul Jabbar; el atleta Lee Evans y el propio Smith, Edwards redactó una declaración en la que pedía la dimisión de Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico, y el retorno del título de Campeón del Mundo de Boxeo de Mohamed Alí, mismo que había perdido tras negarse a enrolarse en el ejército.

Meses antes de la competencia, Luther King había sido asesinado. Por eso el temor de los atletas que, tras ganar en su competición, levantaron el puño en busca de igualdad.

Para Smith la decisión de protestar no fue sencilla, había mucho que perder:

“Y lo que Tommie Smith pensaba en el podio era en rezar, y lo hice, mientras sonaba el himno nacional, con la cabeza agachada, y mi puño en el aire. Y en la solidaridad de la mezcla de diferentes atletas en los Juegos Olímpicos. Y como tenía el himno de fondo, eso fue lo que me ligó con un país que necesitaba entender que los derechos humanos eran un problema. Los derechos civiles eran un problema, porque yo venía de ahí, y estaba orgulloso de eso, pero había trabajo que hacer. En resumen, eso fue lo que pasó”, declaró en 2012 al periodista Joshua Haddow en una entrevista para Vice.

Por supuesto que ante tan “irrespetuoso” acto, Avery Brundage no se iba a quedar de brazos cruzados. El presidente del Comité, que había sido cercano a Hitler y además apoyaba el Apartheid, le pidió a la delegación estadounidense que expulsara a sus dos atletas, ya que si no sucedía se vería en la penosa necesidad de hacerlo con todo el equipo, además todo atleta que posara a lado de Carlos y Smith sería castigado. Por supuesto que Norman también fue reprendido y enviado de vuelta a Australia por apoyar al OPHR.

Aquella tarde en el tartán de Ciudad Universitaria, Smith no solo se convirtió en el primer hombre sobre la tierra en recorrer los 200 metros en menos de 20 segundos (tuvo un tiempo de 19.83), sino que con su velocidad también luchó contra aquellos capataces que años antes golpearon a su padre en los campos algodoneros.

Los brazos extendidos poco antes de cruzar la meta solo eran el aviso de todo lo que vendría después; las gotas de sudor que caían de su cara como casquillos percutidos daban muestra del poderío de su raza y de que la lucha sería por todos los frentes.

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Los exatletas siguen vigentes como un símbolo de protesta social. (Foto: Cortesía).

Lo que hizo Tommie Smith hace 50 años fue, en sus palabras, “un grito por la libertad. No necesariamente Black Power. Éramos atletas jóvenes y negros los que hacíamos esta interrogante, y la gente lo empezó a llamar Black Power porque creían que estábamos haciendo lo mismo que las Panteras Negras en Estados Unidos”.

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En la pista tuvieron que pasar 11 años para que alguien superara el récord de Tommie, lo hizo el italiano Pietro Mennea en 1979 con un tiempo de 19.72. Actualmente la marca pertenece a Usain Bolt, el jamaicano registró un tiempo de 19.19 récord Mundial y 19.30 Olímpico.

De los tres atletas que ocuparon el podio aquella tarde de 1968, solo Peter Norman ha muerto, dejó este mundo el 3 de octubre de 2006. Sus 20.06 segundos siguen siendo la marca a vencer para los deportistas australianos. El día de su funeral tanto Tommie como John acudieron para cargar su féretro y así despedir a aquel joven corredor que formó parte de una revolución con tan solo colocarse un parche en el pecho.

No fueron unos juegos olímpicos cualquiera, pocos días antes de su inicio, en México ocurrió algo que iba dar la vuelta al mundo y así lo hizo.