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#Futbol

Cuando se acerca el Mundial los mexicanos somos muy predecibles


Los seres humanos tenemos dos características inherentes: somos predecibles. Hay un par de prácticas que lo confirman: el amor y el futbol. La llegada del amor no podemos controlarla, pero los partidos de futbol sí, están calendarizados, sabemos la hora y podemos protegernos ante una derrota y prepararnos para una victoria. Sin embargo, ante el aviso actuamos igual año con año, sobre todo cuando es un Mundial. Algo asó como tu amigo (o tú) que encuentra al amor de su vida cada 6 meses.

La Selección Mexicana, dice un colega, es el amorío más desleal que podemos tener. Rumbo a la Copa del Mundo nos ilusiona, hace una eliminatoria perfecta y nos enamora. Lo hace hasta que idiotizados le creemos todo, pero no aprendemos de años pasados. No cambiamos. Yo, por ejemplo, en el Mundial de Sudáfrica 2010, tenía 18 años. Recién había conseguido trabajo, tenía una tarjeta de nómina y me habían ofrecido otra de crédito. Acepté. Equivocación.

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Aquel proceso para acceder a la primera Copa del Mundo a disputarse en África tuvo en Sven-Göran Eriksson al protagonista de nuestras más grandes pesadillas. Al final Javier Aguirre fue el técnico que dirigió al Tri. Yo, como buen enamorado, deslice mi plástico para poder complacer a mi amada y que me viera vestido de verde, apoyando como nadie. Lo hice, no tenía dinero para solventar esa compra pero no me importa, cuando uno tiene una TDC el mundo se abre y surgen todas las posibilidades.

México estaba en el Grupo A junto con el anfitrión, Francia y Uruguay. Inauguraría la competencia, los ojos estaban puestos en la Selección Mexicana. Era viernes a las nueve de la mañana y como un fiel e ilusionado desperté muy temprano y me preparé, con las piernas temblorosas, a ver el partido. Me puse la costosa playera para estar de acuerdo a la situación. Una playera que no era mía (todavía no pagaba por ella) pero que me daba todo el porte de una aficionado fiel.

Los mundiales pasados (quitando el de Corea-Japón) los viví en el mercado de mi casa, mi abuelo era carnicero y me gustaba ver a México ahí: las televisiones de todos los locales se sincronizaban y las laminas que fungían de techo hacían que el grito de gol sonará más fuerte y con mucho eco. Los marchantes podían esperar, antes estaba estaba la Selección, que recién me engañaba pero que ya lo había echo muchos años con mi padre y con el padre de mi padre.

Después, en un amor adolescente, me gustaba verlos solo, sin que nadie me distrajera, sin que nadie quisiera aconsejarme y hacerme entrar en razón: “Siempre es lo mismo”. Pechos frío. Salmones que intentan nadar contra corriente en sinrazones. Nunca lo entenderán.

México fue eliminado por Argentina, como hace cuatro años, la misma película. No aprendimos nada. Nos dejamos ir. De Brasil 2014 ni hablar, duele más que tener algo en tus manos y luego perderlo.

En todos los mundiales hacemos lo mismo, terminan, nos decepcionamos, arrumbamos la playera (que compramos a 12 meses), odiamos el futbol y repetimos como mantra que les volvimos a creer. Nos duele ver futbol, hablamos, analizamos y nos arrepentimos (los intereses de nuestra tarjeta aumentan). Regresa el torneo local, le damos otra oportunidad y así vivimos otros 4 años, con procesos en la Selección que no les damos importancia.

Rusia 2018 no tendrá ninguna alteración salvo en los costos, las playeras cuestan lo doble y probablemente no la compraré a 12 meses, sino a seis. Este Mundial será más complicado que los anteriores, pero no podemos elegir entre enamorarnos o no. Tenemos la sangre caliente y el futbol nos hace repetirnos más que cualquier otra cosa.

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Otto Zuloaga

Veterinario frustrado; periodista por diversión y entusiasta del futbol argentino. @otto_zuloaga