Jugadores color chocolate, jugadores color leche, futbolistas café con leche, hombres blancos y fuertes, de músculos de piedra, delgados como plumas, flacos, hombres altos como los tallos del Amazonas, futbolistas que son panteras. Hombres que vienen de Siberia desde el estrecho de Bering, también suizos, eslavos, polacos, españoles, alemanes, portugueses, sirios, turcos, italianos, japoneses. Esclavos de Costa de Marfil, Ghana, Guinea, Togo, Burkina Faso…

Después de todo eso, revuélvelo y saldrá un delicioso coctelle puedes llamar Brasil.

El antropólogo Gilberto Freyre fue uno de los primeros académicos que se atrevió a decir que el mestizaje racial le dio al país “una herencia positiva” y eso creó la identidad nacional y el futbol es su metáfora más poderosa.

¿Te has preguntado por qué son tan buenos con la pelota?

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Brasil es la combinación de genes.

Pelé, la pantera, la imaginación, la rebelión.

Kaká, el hombre blanco, elegante, con clase.

Sócrates, la inteligencia hecha futbol.

Garrincha, la pobreza y la malformación.

Ronaldinho, la picardía y un mundo feliz.

Romario, el hambre de vivir y la burocracia.

Neymar, la revolución por ser quien quieres ser.

Pero el futbol no es solo ácido desoxirribonucleico, es hambre. Cuando combinas hambre y un licuado de genes, entonces sí que puedes tener la fábrica más prolífica de futbolistas de la historia.

En Brasil, el camino tradicional para salir de la pobreza es largo”, dice Alexandre Alliatti, de TV Globo, y el futbol es una ruta para vivir. Y eso el mundo no lo puede desaprovechar.

De acuerdo con el Observatorio de Futbol, CIES, hace un año salieron del país 1,202 jugadores a probar fortuna a otro país. Nadie exporta más que ellos. Nadie toma tantos aviones en el mundo para salir de casa y ser futbolista.

“En Brasil nacemos con el deseo de driblar”, dice el periodista Daniel Mundim cuando le pido que nos ayude a entender por qué es tan importante el futbol en su país. Y cuando respondes que uno de tus primeros deseos es hacer una gambeta, casi todo está dicho.

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Brasil, tierra colonizada como toda América Latinay durante años controlada por el dominio de Portugal que hizo frente a los deseos conquistadores franceses y españoles, fue la región donde más hombres desembarcaron en sus puertos, se mezclaron y nació el mestizaje. Negros con ojos claros y azules, hombres blancos con la fortaleza de los negros, hombres largos como los que miras corriendo en la sabana africana. Y luego llegó la pelota. Primero, los aristócratas la tomaron y años después los esclavos tendrían su gran independencia (y reconocimiento) a partir del balón con la inclusión de los negros en el deporte.

El World Fact Book detalla en su último informe sobre Brasil (2017), que 47.7% de la población es blanca, mulata 43.1%, negra 7.6%, asiática 1.1% e indígena 0.4 por ciento. Pocas naciones en América Latina tienen esa mezcla. Para decirlo de otro modo, sólo así pudo nacer Pelé, Neymar, Sócrates, Didi, Garrincha, Taffarel.

Información genética de potencia, velocidad, fuerza, altura, rocosos y ritmo.

Por ejemplo, en el cromosoma 11 está el ACTN3. Los expertos lo llaman el gen de la velocidad. Todos lo tenemos, pero “una variación”—como lo cataloga la ciencia— hace que se desarrollen ciertas fibras musculares solo en algunos: las de la resistencia y la velocidad. Luego, aparecen los sprinters, los laterales brasileños, los Roberto Carlos, Marcelo, Romario, Pelé, William

Brasil es un país rico en diversidad de orígenes, eso los hace distintos a otros futbolistas, a otras mezclas de razas.

—¿Qué tienen ustedes los brasileños que no hay en otro sitio?

Alexandre Alliatti responde casi como si hiciera una lista:

—Tenemos sangre negra.

—El futbol es un deporte de movimiento e improvisación, elementos que también tenemos en la danza y la música.

—Tenemos temperaturas que nos invitan al deporte y nos gusta el contacto humano, de diversión, de jugar.

—Y tenemos el futbol como un objetivo de vida: en algún momento en la infancia, es probable que queramos ser jugadores.

¿En otro país juegan al futbol bailando?

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La última vez que un brasileño mostró al planeta la Copa del Mundo en sus manos fue el 30 de octubre de 2007. El presidente Lula da Silva pasó al frente del estrado a petición de Joseph Blatter, mandatario de la FIFA, le entregó el trofeo y tímidamente la levantó. Aquel día su país ganó la posibilidad de organizar el Mundial de 2014.

Lula representó por muchos años el ejemplo de Brasil. Más tarde, en 2011, meses después de dejarle la presidencia a Dilma Rousseff, vino a México a la Convención Bancaria y en un discurso donde todos le aplaudieron y se pusieron de pie dijo: “Debemos distribuir la riqueza”.

Hoy, un cuarto de las personas de su Brasil vive en la pobreza, se terminó su “milagro económico”, pero organizaron en un lapso de dos años el Mundial en 2014 y los Juegos Olímpicos de Río 2016 con gastos superiores a los 20,000 millones de dólares. Los titulares de los diarios extranjeros de la época ponían a Brasil como el ejemplo a seguir, era la próxima potencia mundial.

La historia giró al otro sitio. Ahora, en abril de 2018, Lula tiene pendiente seis juicios por corrupción ligados a Odebrecht y Petrobras. Y dos años antes, su sucesora, Dilma, fue destituida de su cargo. Su actual mandatario, Michel Temer, tuvo que comerse la vergüenza cuando en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río, hace dos años, el sonido local del Estadio Maracaná pronunció su nombre y poco se pudo escuchar de su discurso por los chiflidos y reproches de su pueblo. “Traidor”, así lo increparon.

Si el destino existe, es probable que el 7-1 que les propinó Alemania en 2014, en su Mundial, era el preludio de lo que les vendría a todos.

“El futbol, al lado de lo samba y de la corrupción…, es la manifestación de identidad cultural más grande en Brasil”, dice Daniel, periodista de O’Globo.

Pero el futbol siempre ha estado ligado a cambios sociales y regímenes políticos. El respeto hacia los negros en el país se ganó gracias al futbol; validó la dictadura de los años 70 cuando Pelé y su pandilla conquistaron el Mundial de México; Sócrates y su Democracia Corintiana representaron el descontento a los militares.

“Es difícil encontrar unidad en Brasil. Y el futbol, a veces, lo hace. No sé si Brasil sería un país mejor o peor sin el futbol. Pero sería diferente y, posiblemente, menos feliz” dice Alexandre Alliatti.

“Es un milagro, una lotería para niños salidos de la pobreza. Ocupa las carencias más básicas: de dinero, de fama, de acogida social, de respeto”.

El futbol también es una oportunidad de vida. No es fácil salir de la pobreza y el futbol es camino. La educación también, pero es un proceso largo y a veces cuando la plata se acaba ya no hay para más. “Es huir para muchos de la vida sufrida que tienen”, comenta Daniel quien también quiso —como casi todos— jugar en el Maracaná.

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¿Qué es el futbol de Brasil? Es la urgencia de vivir, de aferrarse a algo que quizá nunca ocurrirá, pero que te permitirá pasar el día, ir a la cama y pensar que mañana puede llegar un ojeador del Flamengo y ficharte o también es saber que mañana, un par de horas, olvidarás todo, prenderás la televisión en la favela, en tu mansión, en casa, y 11 tipos que han sido consecuencia de la genética, del mestizaje te harán —quizá— sentir orgulloso, al menos por un día.