La profecía que se cumple a sí misma

La profecía que se cumple a sí misma, de acuerdo con la formulación hecha por William I. Thomas, consiste en lo siguiente: “si las personas definen las situaciones como reales,...

La profecía que se cumple a sí misma, de acuerdo con la formulación hecha por William I. Thomas, consiste en lo siguiente: “si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias”. Esto quiere decir que una creencia cualquiera -independientemente de su veracidad o falsedad- tiene implicaciones concretas, en tanto que aporta la base sobre la que son realizadas una cantidad indeterminada de acciones. Lo anterior adquiere todo su peso cuando lo que está en juego es un relato que defienda el origen de nuestra familia, nuestro país, nuestra última relación de pareja y, por supuesto, nuestro equipo de fútbol: lo último que importa es que dicho relato sea cierto para que, de todos modos, nosotros actuemos en virtud de sus contenidos.

¿Fue mi tatarabuelo el general de una república destruida? ¿En serio todo comenzó con una enorme águila devorando una serpiente sobre un nopal? ¿La primera cita con mi pareja brilló con la intensidad de una epifanía? ¿El lento ascenso a Primera División de los Pumas de la UNAM –equipo instalando a la mitad de un terreno mágico, donde se fusionaron dos ecosistemas en razón de un volcán otrora furioso– fue una proeza digna de un personaje tragicómico?

Dejando de lado la tercer pregunta, a la que contesto con un rotundo, para todas las demás, después de tomarme la molestia de meditarlas un rato, sólo tengo un sencillo no sé. Tampoco sé si Pelé trataba la bola con más clase que Maradona, como no estoy seguro si la Naranja Mecánica de Cruyff fue mejor que la Selección Mexicana de la Copa Confederaciones en 2006. Sencillamente no lo sé.

Sin embargo, porque creo en el relato familiar acerca de un tatarabuelo obligado a dimitir a su puesto en 1873, todos los inviernos visito con tristeza el paredón en el que fue fusilado. Porque creo que Maradona superó a Pelé en cuanto a capacidad para realizar empresas en apariencia imposibles, antes me comería una modesta medialuna en Buenos Aires que tremenda picaña en Minas Gerais, Brasil. Porque creo en el relato mexica sobre el duelo a muerte de dos animales parados en un ejemplar espinoso de la flora nacional, siempre narro con orgullo la gloriosa raíz de mi ciudad. Porque creo en unos Pumas forjados al calor de épicas batallas libradas en el Pedregal, no dudo en defenderlos ante los comentarios de quienes se burlan de su juego defensivo (y aburrido).

Por lo tanto,  lo que creo es real en sus consecuencias, aún cuando sea falso (o no).

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